Créditos

Guía para caminantes


V.1: abril de 2020

Título original: The Walker’s Guide to Outdoor Clues and Signs


© Tristan Gooley, 2014

© de la traducción,Víctor Ruiz Aldana, 2019

© de las ilustraciones, Neil Gower, 2014

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2020

Todos los derechos reservados.


Corrección: Francisco Solano e Isabel Mestre


Publicado por Ático de los Libros

C/ Aragó, n.º 287, 2º 1ª

08009 Barcelona

info@aticodeloslibros.com

www.aticodeloslibros.com


ISBN: 978-84-17743-76-5

THEMA: WN

Conversión a ebook: Taller de los Libros


Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

GUÍA PARA CAMINANTES

Tristan Gooley

Traducción de Víctor Ruiz Aldana
1

Sobre el autor

3

© Ben Queenborough


Tristan Gooley es navegante, aventurero y naturalista. Ha capitaneado un renacimiento en el raro arte de orientarse y moverse en la naturaleza. Ha liderado expediciones a los cinco continentes, ha escalado cumbres en tres de ellos (por ejemplo, el Kilimanjaro), se ha tirado en paracaídas desde un edificio en Australia y ha estudiado los métodos con los que se orientan en tierra y mar las tribus de las regiones más remotas de la Tierra. Es la única persona viva que ha cruzado en solitario el Atlántico en barco y en avión.

Escribe para el Sunday Times, el New York Times, The Wall Street Journal y ha colaborado con la BBC. Es miembro del Royal Institute of Navigation y de la Royal Geographical Society. Guía para caminantes es su segundo libro traducido al castellano después de Cómo leer el agua.

Guía para caminantes

Una deliciosa guía para descifrar los misterios de la naturaleza


El mundo natural está repleto de mensajes ocultos. Las raíces de un árbol nos indican la dirección en la que se mueve el sol, algunas estrellas nos dicen qué hora es, una mariposa nos da pistas sobre el tiempo y una flor marca dónde está el sur. Tristan Gooley, autor de Cómo leer el agua, best seller del New York Times, recoge en este libro los secretos descubiertos durante sus veinte años de experiencia como aventurero y explorador y nos ofrece la posibilidad de vivir nuestras propias aventuras.

El autor nos invita a alejarnos de los móviles, GPS e internet, y a mirar el entorno para descifrar por nuestra cuenta las pistas que esconde la naturaleza. Desde la tierra hasta los árboles, pasando por el sol, la luna, las nubes, las plantas y los animales: todo son claves para desentrañar los misterios que esconde nuestro planeta.

Gracias a las más de ochocientas señales y pistas para interpretar el mundo que nos descubre Gooley en Guía para caminantes, los amantes de la naturaleza convertirán cada salida y paseo en una aventura sin igual.



«Gooley interpreta pistas como un detective de las tierras salvajes […]. Para los que están dispuestos a resolver los misterios del paisaje, este libro es ideal.»

The Wall Street Journal


«Tristan Gooley puede enseñar incluso al más soñador a interpretar aquello que lo rodea.»

The Times


«Gooley combina los poderes deductivos de Sherlock Holmes con un conocimiento fascinante del lenguaje de la naturaleza.»

The Telegraph


«He aprendido tanto con Guía para caminantes, el nuevo libro de Tristan Gooley, que creo que debería salir a dar un largo paseo…»

Nicholas Crane


«El libro perfecto para empezar a vivir tus propias aventuras.»

Ranulph Fiennes

Contenido


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Portada

Página de créditos

Sobre este libro

Nota del autor

Nota del traductor


Introducción

Preparativos

El suelo

Los árboles

Las plantas

Musgos, algas, hongos y líquenes

Un paseo entre rocas y flores silvestres

El cielo y el tiempo

Las estrellas

El sol

La luna

Un paseo nocturno

Los animales

Una caminata con los dayak. Primera parte

Ciudades, pueblos y aldeas

Un paseo urbano con serpientes invisibles

La costa, los ríos y los lagos

Nieve y arena

Una caminata con los dayak. Segunda parte

Lo raro y lo extraordinario

Descubrimientos

Tu caja de herramientas invisible


Apéndice I

Apéndice II

Apéndice III

Apéndice IV

Agradecimientos

Fuentes, notas y lecturas complementarias

Bibliografía seleccionada

Sobre el autor


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Nota del autor


Este libro contiene cientos de pistas, señales y técnicas en referencia a algunas plantas y animales con los que el lector puede no estar familiarizado. Para ayudar a su identificación, recomendamos encarecidamente las guías de la colección Collins Complete. Estas fantásticas obras cubren todas las áreas de la historia natural, con excelentes títulos especializados sobre árboles, flores silvestres, aves, insectos y hongos. Casi siempre llevo una o más conmigo cuando salgo a caminar.

Internet es una herramienta maravillosa para ayudarnos a identificar cosas. Hay un sinfín de páginas web especializadas que te echarán una mano a medida que completes tu colección de pistas, y yo mismo añado constantemente nuevas imágenes y materiales en mi página web, www.naturalnavigator.com (en inglés).

Nota del traductor


El autor menciona cientos de plantas, hongos y líquenes de los que no siempre se dispone de un nombre común suficientemente extendido en español. Se han consultado obras de referencia fiables que, en muchas ocasiones, ofrecían el nombre científico, el nombre común, o ambos; sin embargo, en aquellos casos en los que no exista el nombre común o haya pocas referencias, se incluirá exclusivamente el nombre científico o, según el caso, uno de los posibles nombres comunes junto con el nombre científico entre paréntesis. Únicamente aparecerá el nombre común cuando esté muy extendido y no haya lugar a error o confusión.

Introducción


Hace diez años, paseaba por una playa de Bretaña para descansar tras un viaje agotador. Una pareja joven salió de lo que parecía un hotel de lujo y pasó frente a mí. Por su ropa de baño, sus peinados y el lenguaje corporal, me dio la impresión de que eran europeos continentales. Las pocas palabras que oí de ellos confirmaron que eran italianos.

La pareja se detuvo ante la primera ola que bañó sus pies e hizo lo que mucha gente hace en ese momento: comprobaron inconscientemente que sus joyas estaban a salvo. Ambos se tocaron la mano izquierda con la derecha, y aquel gesto dirigió mi atención hacia los anillos de boda. No había que ser un lince, dada su edad y el aspecto lujoso del hotel, para deducir que, probablemente, estuvieran de luna de miel.

Me había formado una imagen limitada de aquella pareja en menos de diez segundos mediante técnicas básicas de deducción, bastante reconocibles gracias a las incontables historias de detectives basadas en ese modelo de observación y pensamiento lógico. Estos sencillos procesos mentales se han ganado el apodo de «holmesianos», en honor del detective ficticio que ejemplificó el arte de analizar de esta manera.

Hacia el final del día, volví a ver a la pareja. Habían encendido una hoguera en la playa. Mediante las pistas que vi allí, como las aves, los líquenes de las rocas, los insectos, las nubes, el sol y la luna, calculé que nuestra estrella se pondría en cuarenta minutos, el cielo se cubriría poco después, no tardaría en comenzar a llover y la marea apagaría el pequeño fuego media hora después del ocaso.

Si la pareja pretendía observar las estrellas junto al fuego, no coincidía con el plan del mar y del cielo. Se verían obligados a retirarse antes de tiempo, lo que, dadas las circunstancias, no creo que para ellos fuese una gran tragedia. Es posible que a un par de astrónomos les hubiera aguado la noche, pero una pareja en luna de miel seguramente estaría encantada.

Me fui de la playa, y no puedo contar lo que pasó en la arena aquella noche. Nuestro poder de deducción tiene sus límites, pero llega mucho más lejos de lo que imaginamos. De hecho, raramente utilizamos nuestro poder de deducción y predicción en el mundo natural, pero eso está a punto de cambiar.


Cuando era un veinteañero, tenía algo de tiempo libre entre los trabajos y me apetecía caminar bastante. Quedé con un amigo, Sam, que sentía una inquietud similar. En el segundo minuto de nuestro debate, decidimos hacer una caminata de Escocia a Londres, y en el tercero acordamos ir de Glasgow a Londres. Anduvimos una media de 30 kilómetros al día y llegamos a la capital cinco semanas después de iniciar el recorrido, tras haber visto gran parte de Gran Bretaña y belleza y fealdad a partes iguales.

Recuerdo un día de aquel viaje con mucho cariño. Era la tercera semana, y habíamos comenzado a ascender una colina en el Distrito de los Picos cuando surgieron dos oscuras siluetas en el horizonte. Unos minutos más tarde, vimos que eran verdaderos caminantes. O quizá sería más preciso decir que lo que vimos eran caminantes con un presupuesto en condiciones. Tenían equipo que yo ni podía permitirme, ni tan siquiera deletrear, prendas que les cubrían el cuerpo y llegaban hasta las brillantes polainas. Nos dio la impresión de que sus bastones costaban más que nuestras mochilas y todo lo que contenían. Los dos caminantes de lujo se detuvieron delante de nosotros, observaron con desdén nuestras camisetas, pantalones cortos y zapatillas deportivas de 19 libras, y dijeron: «¡Nosotros no subiríamos vestidos así!».

Era una impresión lógica; indiscutiblemente, parecíamos un par de tontos sin una pizca de preparación. A eso le siguió una pregunta y una sonrisa paternalista.

—¿De dónde venís?

—De Glasgow —respondimos simultáneamente.

Se callaron de golpe y nosotros continuamos el ascenso.

La mayoría de los libros de senderismo que he encontrado a lo largo de los años se centran de forma farragosa en cuestiones de seguridad y equipamiento. Pocas veces he disfrutado con su lectura, porque nunca salgo a caminar con el objetivo de no salirme de los límites de un mundo de seguridad y comodidad perfectas. Personalmente, prefiero morir caminando que morir de aburrimiento leyendo libros sobre cómo andar de forma segura. Esto lo he experimentado durante años, como verás más adelante.

En este libro adopto un enfoque original y asumo que eres capaz de salir a caminar de forma segura y con los calcetines adecuados. Si eres de esas personas que prefiere escalar por el hielo en camisón, es probable que no leas demasiados libros de senderismo, y sospecho que haría falta más de uno para corregir esa costumbre. Con alguna excepción, puedo resumir mi principal consejo de seguridad en tres palabras: no seas tonto.

Dicho esto, todo el mundo necesita herramientas adecuadas para según qué tareas. En los «Apéndices» encontrarás una serie de métodos para calcular distancias, alturas, ángulos, etc. No hace falta que compres ni cargues con nada, pero no por ello dejan de ser enormemente útiles.

La mayoría de las guías para caminantes ofrecen información sobre una zona concreta, pero este no es el caso. En su lugar, expongo técnicas que pueden aplicarse a cualquier caminata en casi cualquier zona, y demuestro que esas técnicas pueden combinarse para que sean más interesantes que la suma de sus partes. Si no especifico lo contrario, ten en cuenta que las técnicas funcionan en zonas templadas del norte, lo que incluye el Reino Unido, así como la mayor parte de Europa y Estados Unidos.

Este libro trata de pistas y señales al aire libre y sobre el arte de predecir y deducir. El objetivo principal es conseguir que tus caminatas, independientemente de su duración, sean eminentemente más fascinantes. Espero que lo disfrutes.


Tristan

Preparativos

¿Puede un olor hacer que aparezca un tren?


Una pequeña pista puede cambiar radicalmente tu forma de pensar sobre lo que te rodea. Me gustaría que imaginaras que estás caminando una fría mañana y percibes un olor sutil y constante a humo. Sin embargo, no hay ni rastro de fuego. Quiero que te preguntes qué tipo de deducciones y predicciones serías capaz de hacer. Dedícale un par de minutos antes de seguir leyendo.


Olor a humo en una mañana fría


Si percibes olor a humo en el aire en una mañana con bajas temperaturas, es probable que haya una inversión térmica, lo que sucede cuando una capa de aire caliente atrapa una capa más fría cerca de la superficie. El humo de las fábricas y los hogares queda atrapado cerca del suelo y se extiende por esa capa más cálida, lo que da al aire un olorcillo a humo.

Cuando se produce una inversión térmica, se crea un «efecto sándwich»: el sonido, la luz y las ondas de radio rebotan entre el suelo y la parte superior de la fría capa de aire inferior.

El sonido viaja más lejos en esas condiciones y se oye mejor, así que podrás oír aeropuertos, carreteras o trenes que normalmente no percibirías. Los efectos pueden ser más acusados si hay ruido fuerte cerca; una demostración violenta de este efecto se produjo a mediados del siglo pasado.

Una explosión genera una forma extrema de sonido, llamada onda de choque. En 1955, una de las pruebas nucleares más tempranas en Rusia creó una onda de choque que rebotó en la capa de inversión, golpeó un edificio de Semipalátinsk y mató a tres personas.


La luz se refracta de forma inversa, y esa desviación inusual de los rayos genera ilusiones ópticas. En condiciones atmosféricas normales, los objetos muy distantes parecerán más reducidos y aplastados. Por eso, a menudo vemos un sol aplastado y rechoncho durante el ocaso. En una inversión, sucede lo contrario, y los objetos parecen estirados en vertical. Esto crea una ilusión óptica conocida como Fata Morgana, del apodo en italiano para ese extraño espejismo. Los Fata Morgana son conocidos porque hacen que los objetos parezcan estar levitando en la lejanía: da la impresión de que los puentes y las embarcaciones flotan por encima del agua. Este efecto de refracción de inversión también aumenta las probabilidades de ser testigo del extraño fenómeno conocido como «destello verde», cuando se ve una explosión momentánea de luz verde en el momento exacto de la puesta de sol.

Las ondas de radio, sobre todo las VHF, que nos suenan porque son las de la radio de frecuencia modulada (FM), rebotan de la misma manera que las ondas sonoras, y también viajan lejos. En lugar de escapar hacia la atmósfera, estas ondas continúan su camino en la capa intermedia, lo que hace posible recibir emisoras de radio que normalmente están a muchos kilómetros, fuera del alcance. Entre los radioaficionados, esta técnica se conoce como «conducción troposférica», y se usó ampliamente para sintonizar emisoras distantes mucho antes de que Internet simplificara las cosas. El olor a humo en el aire invernal condujo muchas conversaciones escondidas tras el telón de acero durante la Guerra Fría. Estas condiciones también pueden provocar interferencias, sobre todo cerca de la costa, ya que las emisoras que normalmente están a una distancia segura comienzan a solaparse. Esta interferencia crea un sonido distorsionado en las radios.

Durante una inversión, aumentan las probabilidades de que haya niebla por la mañana o por la tarde. Si la niebla o el humo atrapados son suficientemente densos, se puede generar lo que se conoce como smog. En 1952, una inversión térmica provocó un smog terrible que causó la muerte de más de 11.000 personas en Londres por problemas respiratorios.

Las inversiones térmicas son fenómenos meteorológicos intrigantes, pero no son saludables y, afortunadamente, no duran demasiado.


Respirar un aroma puede hacer que nuestra mente emprenda viajes extraordinarios. Sentidos y reflexión, observación y deducción, este sencillo proceso en dos pasos es clave para que una caminata pase de tediosa a despertar todos los sentidos. Uno no funciona sin el otro: el cerebro puede construir edificios espectaculares en nuestra mente, pero necesita los andamios que le proporcionan nuestros sentidos. Es una relación simbiótica: el cerebro está apagado sin los sentidos, y estos serían demasiado perezosos sin los toques de atención de aquel. Afortunadamente, la tarea del cerebro aquí es pura diversión y toma la forma de una serie de preguntas. ¿En qué dirección estoy mirando? ¿Qué tiempo hará? ¿A qué distancia estará? ¿Qué temperatura hace? ¿Cuántos años tendrá? ¿Qué será lo próximo que veré?

Cuando estas sencillas preguntas, y muchas otras, no se responden con la ayuda de herramientas, sino con pistas a partir de olores, sombras, colores y formas, nuestros sentidos y nuestra mente se fuerzan a trabajar conjuntamente de nuevo y a encender una intrigante hoguera en los oídos de los caminantes. Aviso para navegantes: este proceso no le funciona a todo el mundo, ni todos pueden esperar sentir tales igniciones. Hay muchísimos tipos de caminantes. Están los que caminan para desconectar, lo que no tiene nada de malo. Hay, sin embargo, un gran grupo que prefiere que su mente se flexione junto con sus piernas, y este libro está escrito para ellos. Para aquellos que crean que ya descansan lo suficiente en los momentos de calma al dormir o en el aparentemente eterno descanso tras la muerte, caminar es un momento para disfrutar de nuevos conocimientos. Soy consciente de que se han documentado casos en que ambos grupos de caminantes se han tolerado e incluso se lo han pasado bien juntos. Sin embargo, el brillo preocupante en la mirada de este segundo grupo tiende a dispersar al primero, y no deberían intentar, en circunstancias normales, salir juntos a pasear. Lo mejor es que pongan colinas suaves de por medio.

Vayamos al grano: vamos a convertir el aire fresco en un elixir con unas cualidades capaces de abrirnos los ojos. La mejor manera de conseguirlo es tratar los componentes que el caminante puede encontrar uno a uno. Presentaré individualmente el suelo, el cielo, la flora y la fauna, para que el caminante pueda familiarizarse con las pistas de cada categoría. Sin embargo, no debemos olvidar que la naturaleza no se compartimenta voluntariamente, así que lo realmente divertido llega cuando juntamos todos los ingredientes en un gran mejunje de deducción. Si las curvas de las raíces de los árboles pueden funcionar como una brújula, los colores de las rocas nos pueden revelar el mejor momento para un paseo nocturno.

Cuando conozcamos todos los elementos, podremos disfrutar y alimentar las probabilidades de encontrarnos con esa increíble experiencia al aire libre, con esa sensación cautivadora de acercarse de puntillas a los límites de la comprensión absoluta. Pero es necesario hacer unos trabajos de campo preliminares.

El suelo

¿Qué indica el color del barro?


Antes de comenzar una caminata, nunca está de más dedicar un momento a observar los terrenos elevados, los valles, las zonas irregulares y las líneas, formas y patrones. Da igual que estés atravesando las suaves colinas de Anglia Oriental, en Reino Unido, o el Himalaya; el juego es el mismo. Es imposible que encontremos pistas en un paisaje si no aguzamos la vista y nos fijamos realmente bien. Para empezar, la mayoría de las personas suele recurrir a mapas; pero, como veremos al acabar este libro, no es el mapa lo que tiene que dar sentido a la tierra, sino la tierra la que tiene que conformar un mapa para nosotros. La humanidad ha hollado la Tierra durante milenios, sobre todo a pie, y sin la ayuda de mapas.

En los cursos que imparto, me gusta proponer un ejercicio simple para ilustrar la importancia de observar adecuadamente lo que nos rodea, siempre que tenemos la oportunidad. En la cima de una colina, pregunto a un grupo cuál será el cambio más radical que presenciaremos durante la caminata. Unos pocos rostros preocupados registran el cielo en busca augurios, de cambios inminentes en el tiempo, y al no ver nada pierden toda expresión. Después les pido que me den una lista de las características del paisaje que pueden observar si miran en todas las direcciones.

—Una granja, las lindes de un bosque, dos cimas, la costa, una lejana torre de telecomunicaciones, tres caminos, la columna de humo de una hoguera, el límite de una ciudad, una carretera, un muro…

La lista continúa hasta que los detengo.

Después, caminamos unos diez minutos y, dado que estamos en la cima de la colina, solo hay un camino posible: descender. Al entrar en un bosque en el fondo de un valle poco pronunciado, pido al grupo que vuelva a hacerme una lista de lo que ven si miran en todas las direcciones.

—Hay cuestas por todos lados… y árboles… —Y ya.

En diez minutos pasamos de un festín a la hambruna más absoluta. Bueno, quizá no a la hambruna. Hay mucho potencial en esas parcas segundas observaciones, tal y como veremos cuando más adelante conozcamos a los miembros de la tribu dayak de Borneo. Pero, de momento, la clave consiste en apreciar que un buen vistazo a un paisaje no es solamente algo bonito, sino también una rica fuente de información. La altura ofrece perspectiva, y eso es muy preciado. Los topógrafos lo han sabido siempre; es una de las razones por las que, si estás junto a un vértice geodésico en un día despejado, deberías ser capaz de atisbar en la distancia al menos otros dos vértices en puntos altos.

Siempre que observamos, se nos activa un mecanismo para registrar una nota mental de las características predominantes. Eso se produce automáticamente cuando un punto de interés es prominente o característico; esos lugares se ganan nombres memorables y descriptivos. La montaña Sugar Loaf («Pan de azúcar») en Monmouthshire es una muy buena referencia para los caminantes de aquella zona, igual que el Pan de Azúcar de Río de Janeiro. Desafortunadamente, la probabilidad de que alguien perciba los puntos de referencia más obvios es inferior a la de que le pasen desapercibidos los más sutiles. Piensa en un paisaje que conozcas bien y cuenta mentalmente los puntos de referencia que recuerdes. La próxima vez que vayas por allí con alguien más, haced una lista de las características por separado, como si fuera una competición amistosa. Comenzaréis a nombrar paredes ruinosas, árboles, rocas y crestas que irán apareciendo de la nada.

En honor a la verdad, debo decir que dedicar tiempo a detectar las características menos evidentes de los lugares de referencia es un hábito que requiere de mucho esfuerzo para cultivarlo. Solo es habitual en tres grupos de personas con las que he hecho caminatas: artistas, soldados veteranos e indígenas. Creo que estudiar las características más intrincadas de un paisaje parece difícil y extrañamente antinatural a las mentes modernas. Si consideras que te cuesta mucho trabajo, hay dos métodos que pueden servirte para perfeccionar esta habilidad: pasar un montón de tiempo viviendo en zonas remotas sin ningún tipo de tecnología, mapas ni brújulas, o dedicar tiempo a dibujar un par de paisajes. Solo uno de ellos es una solución práctica. La calidad del dibujo no es importante; lo vital es practicar el arte de ver y observar.


Aprender a analizar un paisaje es mucho más divertido si tienes algunas nociones sobre la perspectiva, la luz y sus efectos. La próxima vez que tengas una buena vista de una serie de colinas onduladas, fíjate en algo que habrás visto cientos de veces y que, posiblemente, no has tenido en cuenta.

Observa que, cuanto más lejos están las cosas, más claras se ven. La colina más cercana es perceptiblemente más oscura que la que está detrás, y así sucesivamente hasta el horizonte. Esto se debe a un efecto óptico atmosférico llamado «dispersión de Rayleigh», en honor del científico británico que lo estudió. Este efecto de dispersión es la razón por la que el cielo es azul y el horizonte parece una sombra blanquecina, incluso en un día claro.


Comprender la luz y los contrastes nos ayuda a hacer predicciones. ¿Has contemplado alguna vez la ladera de una colina al alba o en el ocaso y los colores te han parecido extraordinarios, casi luminiscentes y sorprendentemente ricos? Este efecto tiene lugar cuando miramos una colina con el cielo cubierto y el sol bajo a nuestra espalda. Si el sol rompe entre las nubes a última hora del día, asegúrate de colocarte de espaldas a él y observa el paisaje. Será extraordinariamente vívido y los colores de la tierra que tengas ante ti parecerán brillar. Es una de mis maneras favoritas de terminar el día después de una caminata con un tiempo regular.

Hay una cuestión de perspectiva, más práctica que divertida, que merece la pena conocer. Nuestros cerebros se lían un poco al estar en una pendiente. Cuando ascendemos o descendemos una colina, el cerebro hace pequeños ajustes para normalizar las cosas, es decir, para hacer que todo parezca nivelado. Esto provoca el efecto inadvertido de distorsionar nuestra perspectiva de otras pendientes. Cuando bajamos por una colina empinada, esta parece más suave de lo que realmente es. Desde la pendiente de una colina, el nivel del suelo que tengamos delante parecerá ligeramente empinado, y un ligero desnivel se convierte en un gran desnivel. Este efecto no es un gran problema para los caminantes, ya que la velocidad nos da tiempo para reajustarlo todo, pero a menudo pilla desprevenidos a motoristas y ciclistas y los obsequia con la oportunidad de oler los frenos.


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Independientemente del tiempo, las colinas parecen más claras cuanto más lejos están.



Esta pendiente ilusoria es parte de un espacio más amplio que los caminantes suelen pasar por alto. Nuestra perspectiva influirá en cada momento en la percepción de todo lo demás. Por ello nunca debes mirar nada que esté en movimiento si el equilibrio es crítico. Si tienes que caminar por algo estrecho, por ejemplo un árbol caído que atraviesa un arroyo o un río, no mires el agua; hace que mantener el equilibrio sea casi imposible.


Solo cuando hayamos practicado lo suficiente para ser buenos observadores podremos disfrutar del gran juego de la deducción. Puedes comenzar con observaciones amplias. Las caras norte y sur de las colinas viven vidas dispares, moldeadas por la cantidad enormemente diferente de energía solar. A menos que el viento y las precipitaciones reorganicen el escenario, es probable que detectes que las laderas orientadas al sur tienen más vegetación y las faldas del norte de una montaña muestran más evidencias de glaciares. Las cotas de nieve, los límites arbóreos y las viviendas aumentan ligeramente en las laderas con orientación meridional. Allí, las plantas normalmente germinarán unos cuatro días antes que sus primas orientadas al norte.

Las laderas orientadas hacia un viento dominante, el suroeste en el Reino Unido, tenderán a tener un suelo más delgado y los árboles serán más bajos que en sitios resguardados. A pesar de que es difícil predecir con exactitud cómo cambian las vistas con la orientación (y aquí comienza el trabajo de detective), puedes estar seguro de que cambian. Y siempre que haya asimetría, habrá pistas al descubierto.

Este hábito de percibir cosas te permitirá, en poco tiempo, fijarte en detalles más sutiles. Incluso el ojo desentrenado puede fijarse en los muros o setos que bordean un campo, pero el caminante observador verá que la puerta está en una esquina. ¿Cuál es la doble pista en esa observación? Continúa leyendo para descubrirlo.



Poniendo las cosas en orden


Dibujar un paisaje es una de las maneras de leer más efectivas, y es tan importante que te lo enseñaré con un enfoque más específico. Yo mismo uso y enseño una técnica que llamo el método «Get sorted», basado en las siglas SORTED, algo así como poner las cosas en orden.


S — Shape («Forma»)

O — Overall character («Características generales»)

R — Routes («Rutas»)

T — Tracks («Rastreo»)

E — Edges («Límites»)

D — Detail («Detalles»)


Estos seis pasos te ayudarán a percibir muchas más pistas útiles que si lo intentaras todo a la vez. Cada paso podría dar para un libro entero, pero el objetivo ahora es mostrarte el método, explicar los pasos y darte algunos ejemplos útiles y divertidos. Si no aprendes a divertirte con esto, es probable que se te olvide enseguida. Podemos hablar de dos fases: la primera (SOR) se basa en obtener una buena imagen de nuestro alrededor; la segunda (TED) en encontrar las pistas, y ahí empieza la verdadera diversión.



Forma


Cuando tenía catorce años, le dije a mi padre que quería ir a las montañas de Brecon Beacons con unos amigos y acampar allí aquel verano. Recuerdo claramente a mi padre interrogándome y estimando la decisión que yo había tomado. Al darse cuenta de que no podía hacer nada para disuadirnos, decidió echarnos una mano para aumentar las posibilidades de éxito.

Abrí el mapa de la Ordnance Survey* que mis amigos y yo habíamos comprado de la zona central de Brecon Beacons en Gales, y le enseñé la ruta que pretendíamos seguir. Todavía me río por dentro al recordar el camino que le mostré: casi una línea recta desde nuestro primer campamento, dirigida hacia la vertiente prácticamente vertical del Pen y Fan, el punto más alto del sur de Gran Bretaña. Ignoraba por completo los caminos y era una ruta, siendo amable conmigo, estúpida e imposible. (En mi defensa debo decir que la ruta era ridícula, pero la actitud engañosa. Mi padre se conocía al dedillo las Brecon Beacons por el tiempo que pasó como oficial del SAS.* Así que, por muy imprudente que fuera el plan, sabía que él no podría resistirse a la tentación de involucrarse de alguna manera).

Mi padre era paciente y me sugirió mirar los contornos del mapa, salir, excavar un poco de tierra y hacer un modelo de barro de la montaña que queríamos recorrer. Algunas semanas más tarde, cuatro chavales descendieron con éxito desde la cima del Pen y Fan hasta el lugar de encuentro, el coche de mi padre, aparcado a un lado de la carretera a pocos kilómetros. Las lecciones sensatas de mi padre sobre las formas consiguieron que nos recibieran con té y barritas Mars, en vez de con helicópteros y equipos de las noticias. No lo supe en aquel momento, pero me estaba introduciendo en una apreciación fundamental del paisaje, algo que comparten todos los que viven al límite, ya sean fuerzas especiales o nómadas.

Antes de aquella excursión, había aprendido de una forma teórica, similar a una lección de geografía de la escuela, qué significaban las isolíneas en un mapa. Tras aquella aventura de senderismo y acampada de cinco días, comprendí la importancia de familiarizarse con la forma de las montañas. Me costó una década más comenzar a apreciar las pistas más sutiles que se escondían en la forma de las colinas. Ahora ya estoy entrenado para poder caminar con seguridad por kilómetros de niebla espesa, sin ninguna herramienta, pero con referencias sobre la forma del terreno.


Las primeras piezas del rompecabezas de las formas son las más grandes. Encuentra los terrenos elevados, las cimas, las simas, los ríos y cualesquiera líneas de costa y familiarízate con la disposición y la orientación. Luego intenta identificar las fuerzas que han creado las formas y la dirección de su acción. A grandes rasgos, la mayoría de nuestros paisajes muestran suelos erosionados por el agua —en forma de mar, ríos o glaciares— y, en menor grado, por el viento.

A pesar de que estudiar el terreno de esta manera pueda parecer un proceso algo vago, nada más lejos de la realidad. Cuando hayas identificado que un valle es el producto de un glaciar que se ha movido de sur a norte, entenderás no solo el contorno en U del valle, sino también cada hondonada, elevación y grieta de ese valle.


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Rocas aborregadas



Las rocas aborregadas son formaciones rocosas cuyas características salen a la luz solo cuando has entendido cómo ha fluido el hielo. Estas rocas tienen una cara suave en la dirección en la que se ha movido el hielo y una apariencia más rugosa en la parte a sotavento o al otro lado del hielo.

En una escala menor, las «estrías glaciares» son los surcos que deja tras de sí un glaciar que ha arrastrado una roca por encima de la superficie de otra. Cada uno de esos surcos está dispuesto como si fuera una brújula. Cuando nos hayamos acostumbrado al flujo de hielo de cada zona, podremos usar ese historial para leer las colinas y las rocas.

Si estás en un valle fluvial, una de las cosas básicas que debes hacer es sintonizar con la alineación general del río y la dirección del flujo del agua. Hay muchas comunidades en el mundo, desde el Sureste asiático hasta América del Sur, que utilizan el curso de los ríos y la dirección del agua como principal instrumento de navegación. Sin alejarnos tanto, sigue siendo muy útil prestar atención a estas pistas. Por supuesto, el agua fluye hacia abajo y a veces puede parecer de poca ayuda; sin embargo, puede sernos útil. Dartmoor es una meseta de granito que cuenta con cinco grandes cuerpos de agua; el curso del agua de cada uno de ellos te dirigirá hacia el límite del páramo.


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Estrías glaciares



Asegúrate de saber si un río fluye solo en una dirección o bien si es un río de marea. Conozco a una pareja de Sussex que siguió un río hasta un pub para comer. Cruzaron un puente tras la copiosa comida y continuaron «siguiendo el río». Se sentían algo aturdidos y culparon al vino, ya que no acababan de reconocer la mayoría de las cosas que veían. La marea había cambiado. La mejor pista para saber si un río es de marea es la distancia que haya hasta la costa, pero otra es fijarse si hay barcos amarrados que apunten todos en la misma dirección; en ese caso, lo más probable es que el río solo fluya en una dirección. Cualquier capitán sensato amarraría su barco a contracorriente.

En ocasiones puedes estar tentado de creer que caminas por una zona plana y uniforme. Pues no. No hay ningún lugar en la Tierra que sea perfectamente plano y uniforme. Las mesas de billar no son caras porque sí: es difícil conseguir una base así. He caminado por vastas llanuras del Sáhara libanés en las que inicialmente pensé que no había nada destacable, pero para los nómadas tuaregs con los que iba estábamos cruzando un paisaje de gran riqueza. Los tuaregs eran capaces de atravesar largas distancias a pie, usando una serie de puntos de referencia que yo solo veía cuando me los señalaban. Pronto comprendí que su método para llegar de un punto A a un punto B dependía del hecho de reconocer las formas del paisaje: las formas de las colinas y montañas, de los wadis, de las dunas, de las rocas…

Si no puedes distinguir ninguna característica, pero sabes que están ahí, la solución suele ser ganar altura. Los dos paisajes que más me ha costado leer han sido el desierto y la selva. El desierto es infinitamente más fácil de leer desde la parte superior de una duna, y la joroba de un camello facilita las cosas. En la selva, las vistas desde una colina son fundamentales, ya que la visibilidad se reduce drásticamente en los valles de selvas pluviales. Aplica los mismos principios cuando estés cerca de casa: si lo crees necesario, gana altura.

Hay una escena en el clásico de la BBC La víbora negra (en su cuarta temporada, Blackadder goes forth) en la que el general Melchett, interpretado por Stephen Fry, desenrolla un mapa de un campo de batalla durante la Primera Guerra Mundial, se inclina sobre él y brama: «Maldita sea, hay un desierto baldío y anodino justo ahí, ¿me equivoco?».

Su asistente, el capitán Darling, mira el papel en blanco y le contesta: «Dele la vuelta, señor».

He tenido la oportunidad de ver mapas casi totalmente blancos o cartas náuticas azules que mostraban poca cosa más. Esto demuestra las limitaciones de la cartografía, no la homogeneidad de la superficie de la Tierra. Incluso los mejores mapas suelen dejar fuera, de forma deliberada, casi todos los detalles de un paisaje. Piensa en los mapas como una buena herramienta para hacerte una idea general durante la etapa de las formas, pero no cometas el error de muchos caminantes que creen que el mapa indica todo lo que te rodea. Todavía tengo pendiente encontrar un mapa que le haga justicia al perfil de una cresta.

Cuando hayas analizado la forma de la tierra a tu alrededor, el siguiente paso es recorrerla en tu mente. Intenta familiarizarte con la secuencia de puntos de referencia, del terreno y de las pendientes. Para entender mejor este proceso, dedicaremos un momento al coronel Richard Irving Dodge, con treinta y tres años de experiencia trabajando con nativos americanos en el siglo xix. Aquí nos ofrece una explicación, de un viejo guía comanche llamado Espinosa, sobre cómo enseñar a los jóvenes a llevar a cabo incursiones en suelos desconocidos.

Era costumbre de los ancianos reunir a los chicos para su instrucción unos días antes del momento fijado para comenzar. Se sentaban todos en un círculo y se sacaba un fardo de palos con muescas que representaban los días. Comenzando por el palo que tenía una muesca, un anciano dibujaba en el suelo con un dedo un mapa rudimentario que ilustraba el viaje del primer día. Los ríos, los arroyos, las colinas, los valles, los barrancos, las pozas ocultas, todo estaba indicado en relación con los puntos de referencia prominentes, descritos con cuidado. Cuando lo habían entendido a la perfección, el palo que representaba el siguiente día de marcha se ilustraba de la misma manera, y así hasta el final.

Después comentó que cierta vez se había cruzado con un grupo de jóvenes y niños, los mayores no tenían más de diecinueve años y ninguno había estado en México; iban a salir del campamento principal en Brady’s Creek, en Texas, a hacer incursiones en México hasta, como máximo, la ciudad de Monterrey, recurriendo a su memoria y a la información representada y fijada por aquellos palos. Puede parecer improbable, pero no es más improbable que la explicación de un viaje tan maravilloso.1


Características generales


La pregunta «¿De qué pasta está hecho?» se utiliza para referirse al carácter de las personas. Podemos aplicar el mismo principio a los paisajes. Las rocas y el suelo que encontramos en nuestros viajes son clave para comprender y predecir muchas de las cosas que veremos. Cuando comencé a enseñar esta fase, usaba la palabra ologías, porque trata sobre geología y pedología —el estudio del suelo—, pero me di cuenta de que esa extraña palabra era difícil de memorizar y la cambié por «características generales». Elige la que prefieras.

Una noche del mes de marzo de 2013, Jeremy Bush oyó a su hermano Jeff gritar en la habitación de al lado de la casa que compartían en Tampa, Florida. Jeremy corrió a la habitación y vio que su hermano, la cama y el suelo de hormigón habían desaparecido en un profundo agujero. Jeremy intentó salvar a su hermano, pero no pudo alcanzarlo, y más tarde la policía tuvo que rescatarlo a él. La búsqueda de Jeff Bush se suspendió, y, posteriormente, también la búsqueda de su cuerpo; finalmente, los restos de la casa de los Bush se demolieron. Jeff Bush había sido víctima de lo que se conoce como «dolina». Tras los momentos de shock de aquel trágico suceso, la mayoría de las personas con algún conocimiento de rocas probablemente pensaron lo mismo: ¡la caliza!

Al conocer el tipo de roca dominante de una zona, podemos predecir muchas cosas. Donde haya caliza, también habrá agujeros, cuevas y pilares de piedra. No habría cuevas en la garganta de Cheddar ni icónicos pilares en el mar de Andamán sin la caliza. En los suelos donde reina el granito, encontramos páramos, montañas, turberas y pantanos; en resumen, se te cansarán las piernas y te mojarás los pies. Lo mínimo que debemos hacer es fijarnos si las piedras que pisamos o que sobresalen cambian repentinamente. Eso nos indica que el resto de la zona en la que estamos también está a punto de cambiar, incluida la actividad humana. Si estás saliendo de las zonas más salvajes de un páramo y notas que las rocas cambian bajo tus pies, no deberías tardar en encontrar la civilización.

sads,