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Michelle Alexander. Stelle, Illinois (EE.UU.), 1967.

Abogada defensora de derechos civiles y una aclamada jurista. Ha trabajado con el Juez Harrry A. Blackmun del Tribunal Supremo de EE.UU., con el Juez Chief A. Mikva en el Distrito de Columbia de los Tribunales de Apelación de EE.UU., y ha aparecido como comentarista en las cadenas CNN y MSNBC, entre otras.
Antes de ingresar en el mundo académico, trabajó como abogada de derechos civiles tanto en el sector privado como en el de las organizaciones sin ánimo de lucro. Su último puesto fue el de Directora del Proyecto de Justicia Racial del ACLU en el Norte de California, donde colaboró en el lanzamiento de una campaña nacional contra los perfiles raciales. Como profesora de Derecho en la Universidad de Stanford, dirigió la Clínica de Derechos Civiles y planteó un programa de investigación centrado en la intersección entre raza y justicia penal. En 2005 consiguió una beca Soros Justice Fellowship que le permitió escribir este libro, y aceptó un nombramiento conjunto en el Instituto Kirwan para el Estudio de la Raza y la Etnicidad. Actualmente trabaja como profesora de Derecho en la Universidad estatal de Ohio. Dedica gran parte de su tiempo a escribir, dar conferencias y apoyar a diversos grupos y organizaciones contra el internamiento masivo.

 

 

 

Título original: The New Jim Crow. Mass Incarceration in the Age of Colorblindness (2012)

 

© Del libro: Michelle Alexander

© De la traducción: Carmen Valle y Ethel Odriozola

Edición en ebook: junio de 2020

 

© Capitán Swing Libros, S. L.

c/ Rafael Finat 58, 2º 4 - 28044 Madrid

Tlf: (+34) 630 022 531

28044 Madrid (España)

contacto@capitanswing.com

www.capitanswing.com

 

ISBN: 978-84-122096-3-1

 

Diseño de colección: Filo Estudio - www.filoestudio.com

Corrección ortotipográfica: Maria Adela Mogorrón

Composición digital: leerendigital.com

 

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El color de la justicia

 

 

CubiertaEste libro desafía la idea de que con el inicio de la era Obama se haya proclamado el final del racismo y estemos en una nueva etapa de daltonismo social. La autora argumenta de forma persuasiva que la enorme disparidad racial en el castigo penal en Estados Unidos no es meramente el resultado de una acción neutral por parte del Estado. Para ella, el aumento del encarcelamiento masivo abre un nuevo frente en la lucha histórica por la justicia racial. No hemos terminado la casta racial en América; simplemente la hemos rediseñado. Apuntando una potente denuncia sobre la Guerra contra la Droga que está diezmando las comunidades de color, el sistema de justicia criminal estadounidense funciona como un sistema contemporáneo de control permanente.
El libro de Michelle Alexander arroja nuevas perspectivas sobre la profunda injusticia que se está produciendo hoy en EE.UU., planteando una pregunta básica: ¿Cómo ha sido el tratamiento a la comunidad negra a lo largo de toda su historia? Primero fue la Esclavitud, luego Jim Crow, la segregación, el terror del Ku Klux Klan, etc. Hoy es la brutalidad y el asesinato por parte de la policía, la criminalización al por mayor y el encarcelamiento en masa. Una vez más, la discriminación ha sido legalizada e institucionalizada.

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Índice

 

 

Portada

El color de la justicia

Prefacio

Prólogo

Agradecimientos

Introducción

01. El regreso de las castas

02. El encierro

03. El color de la justicia

04. La mano cruel

05. El nuevo sistema Jim Crow

06. Esta vez el fuego

Sobre este libro

Sobre Michelle Alexander

Créditos

Prefacio

CORNEL WEST

La nueva segregación racial en Estados Unidos, de Michelle Alexander, es la biblia secular de un nuevo movimiento social en el Estados Unidos de comienzos del siglo XXI. De forma similar al libro de C. Vann Woodward The Strange Career of Jim Crow, al que Martin Luther King Junior llamó «la Biblia histórica del movimiento por los derechos civiles», estamos asistiendo a la unión extraordinaria entre un texto poderoso y conmovedor y un despertar democrático centrado en los pobres y vulnerables de la sociedad estadounidense. Este libro se ha convertido ya en un clásico porque capta el espíritu que está emergiendo en nuestra era. Durante demasiado tiempo no ha existido un movimiento masivo de lucha que repela el ataque que se está llevando a cabo en muchos niveles contra la gente pobre y vulnerable, a pesar del trabajo heroico de guerrilleros intelectuales como Marian Wright Edelman, Angela Davis, Loïc Wacquant, Marc Mauer y otros. Y, sin embargo, el sonambulismo está llegando a su fin, lenta pero firmemente, a medida que un número creciente de ciudadanos se da cuenta de que la jaula de hierro en la que habitan, quizá incluso una jaula dorada para los ricos, sigue siendo una forma de cautiverio. Este libro es una enorme llamada a despertar en medio de un largo sueño de indiferencia hacia la suerte de los pobres y vulnerables. Esa indiferencia promueve una ética superficial de éxito: dinero, fama y placer, que deja a demasiada gente a merced de la injusticia. En resumen, este libro es una verdadera resurrección del espíritu de Martin Luther King Jr. en medio de la confusión de la era Obama.

Aunque la era Obama es un momento de avances históricos a nivel de símbolos raciales y superficies políticas, la magistral obra de Michelle Alexander nos lleva más allá, hasta la quiebra sistémica de las comunidades negras y pobres, devastadas por el desempleo masivo, el abandono por parte de los servicios sociales, la desolación económica y la intensa vigilancia policial. Su análisis sutil desplaza nuestra atención desde el símbolo racial de los logros de Estados Unidos hacia la sustancia real de la vergüenza del país: el uso masivo del poder estatal para encarcelar a cientos de miles de hermosas personas jóvenes, negras, pobres, de sexo masculino (y cada vez más también de sexo femenino), en nombre de una pretendida «Guerra contra la Droga». Y su narrativa histórica, bien matizada, traza el origen de este tratamiento desmedido y del control brutal de las personas negras: la época de la esclavitud, la era de la segregación racial y la era del encarcelamiento masivo, para llevarnos más allá de las superficies políticas hasta desnudar las estructuras de un sistema racial de castas que está muy vivo y pujante en la era de la neutralidad de color racial.[1] De hecho, el propio discurso de la neutralidad racial, creado por los neoconservadores y neoliberales con el fin de trivializar y ocultar la profundidad del sufrimiento negro en los años ochenta y noventa, ha hecho que el país sea ciego a la nueva situación de segregación por el color. Qué triste que esta ceguera haya persistido tanto en administraciones republicanas como demócratas y que continúe hasta el día de hoy sin ser apenas reconocida ni analizada en el discurso político de nuestra nación.

El Nuevo Jim Crow hace añicos este silencio. Una vez se lee, se cruza el Rubicón y ya no se puede volver al sonambulismo. Se despierta a una realidad oscura y fea que lleva décadas ahí sin solución de continuidad con el lado oscuro de racismo en la historia de Estados Unidos, desde la llegada de la esclavitud en adelante. No hay duda de que si se encarcelara a la gente joven de raza blanca en la misma proporción que a los jóvenes negros, el tema sería una emergencia nacional. Pero también es cierto que si se encarcelara a jóvenes negros de clase media y alta en la misma proporción que a los jóvenes negros pobres, los líderes negros hablarían mucho más del complejo industrial de prisiones. Una vez más, Michelle Alexander pone al descubierto el prejuicio de clase de muchos de los líderes negros, al igual que el prejuicio racial de los líderes del país, para quienes los pobres y vulnerables de todos los colores son un tema de baja prioridad. Como dice Alexander en su audaz e intenso capítulo final, «Esta vez el fuego» (que recuerda al gran James Baldwin): «Es esta incapacidad de preocuparse, de preocuparse de verdad por otros de color distinto, lo que subyace a este sistema de control y de todos los sistemas de castas raciales que han existido en los Estados Unidos o en cualquier otro lugar del mundo».

Martin Luther King Jr. hizo un llamamiento dirigido a todos nosotros para que nos enamoráramos unos de otros, no para que pasáramos por alto nuestros respectivos colores. Estar enamorado es que nos importen las otras personas, sentir una compasión profunda y que nos preocupen los demás, todos y cada uno de ellos, incluyendo a los pobres y vulnerables. El movimiento social que este libro histórico anima y alimenta es un despertar democrático que dice que nos importa, que hay que desmantelar el sistema racial de castas, que necesitamos una revolución en nuestras torcidas prioridades que transfiera el poder desde la oligarquía al pueblo y que estamos dispuestos a vivir y morir para lograrlo.

[1] En el original se utiliza a menudo el término colorblindness para aludir al clima cultural actual en Estados Unidos, en que se considera que se ha alcanzado la neutralidad racial, de forma que la raza ya no es un factor que limite las opciones vitales de una persona. Ante la dificultad de traducir esta imagen se han utilizado una variedad de estrategias en castellano. (N. de las TT.)

Prólogo

Este libro no es para cualquiera. Tengo en mente un público concreto, gente a la que le importa mucho la justicia racial pero que, por una serie de razones, aún no se da cuenta de la magnitud de la crisis a la que se enfrentan las comunidades de color como resultado del encarcelamiento en masa al que están sometidas. En otras palabras, escribo este libro para gente como yo, para gente que es como era yo hace diez años.

También escribo para otro tipo de público, para quienes luchan a fin de persuadir a sus amigos, vecinos, parientes, profesores, compañeros de trabajo o representantes políticos de que hay algo espeluznantemente familiar en la forma en que opera nuestro sistema de justicia penal, algo que se parece y que transmite una sensación muy parecida a la de una época que supuestamente habíamos dejado atrás. A estas personas les faltaban los hechos y los datos para respaldar sus alegaciones. Espero que este libro os empodere y os permita proclamar la verdad con mayor convicción, credibilidad y valentía. Rezo por que sea así.

Y por último, pero claramente no por ello menos importante, escribo este libro para todos aquellos que están atrapados en el interior del último sistema de castas de Estados Unidos. Puede que estéis encerrados o aislados de la sociedad en su conjunto, pero no habéis sido olvidados.

Agradecimientos

Se dice a menudo: «Hace falta un pueblo para criar a un niño». En mi caso, ha hecho falta un pueblo para escribir este libro. Di a luz a tres hijos en cuatro años y, en mitad de ese estallido de gozosa actividad en nuestra casa, decidí escribir este libro. Se escribió mientras alimentaba a bebés y en ratos de siesta. Se escribió a horas raras y a menudo cuando yo (y todos los demás de la casa) habíamos dormido muy poco. Abandonar la empresa era tentador, pues escribirlo resultó un desafío bastante mayor de lo que yo esperaba. Pero justo cuando me parecía que era demasiado o demasiado arduo, una persona querida me sorprendía con su generosidad y apoyo incondicional; y justo cuando empezaba a pensar que no valía la pena tanto esfuerzo, recibía, como caída del cielo, una carta de alguien que estaba entre rejas y que me recordaba todas las razones por las cuales no podía abandonar y la enorme suerte que tenía de estar sentada cómodamente en mi casa o en mi despacho, en vez de estar en una celda de una cárcel. Mis compañeros de trabajo y mi editor también apoyaron este esfuerzo, de formas que iban mucho más allá de su obligación. Así que quiero empezar dando las gracias a todas las personas que consiguieron que no me diera por vencida, a la gente que consiguió que esta importante historia fuera contada.

La primera en esta lista es Nancy Rogers, que fue decana de la Facultad de Derecho Moritz en la Universidad Estatal de Ohio hasta 2008. Nancy ejemplifica un liderazgo sobresaliente. Siempre recordaré su firme apoyo y ánimo, así como su flexibilidad, mientras yo luchaba para compaginar las obligaciones de mi trabajo y mi vida familiar. Gracias, Nancy, por tu fe en mí. A este respecto, también quiero dar las gracias a John Powell, director del Instituto Kirwan para la Raza y la Etnicidad. Él comprendió al momento lo que yo esperaba conseguir con este libro y me proporcionó un apoyo institucional inapreciable.

Mi marido, Carter Stewart, ha sido mi roca. Sin soltar ni una sola palabra de queja, ha leído y vuelto a leer borradores y ha cambiado sus horarios en numerosas ocasiones para ocuparse de nuestros hijos, con el fin de que yo pudiera avanzar con mi escritura. Como fiscal federal, no comparte mis opiniones sobre el sistema de justicia penal, pero el hecho de que yo mantenga una postura distinta no ha puesto en peligro en ningún momento su capacidad para apoyar amorosamente mis esfuerzos por compartir mi verdad. La mejor decisión de mi vida ha sido casarme con él.

Mi madre y mi hermana también han sido una bendición en mi vida. Empeñadas en que yo pudiera acabar este libro, se agotaron corriendo tras la gente menuda de mi casa, que son un regalito del cielo pero pueden resultar agotadores. Su amor y su buen humor han nutrido mi espíritu.

Debo también un agradecimiento especial a Nicole Hanft, cuya cariñosa amabilidad en el cuidado de nuestros hijos será apreciada siempre.

Lamento profundamente el hecho de que quizá nunca pueda llegar a dar las gracias en persona a Timothy Demetrius Johnson, Tawan Childs, Jacob McNary, Timothy Anderson y Larry Brown-Austin, que están encarcelados en la actualidad. Sus amables cartas y expresiones de gratitud por mi trabajo me motivaron más de lo que ellos pueden imaginar, al recordarme que no podía descansar hasta que el libro estuviera concluido.

También agradezco el apoyo del Open Society Institute de la Fundación Soros, además de la generosidad de las muchas personas que han revisado y comentado partes del manuscrito original o aportado sus contribuciones de alguna manera, incluyendo a Sharon Davies, Andrew Grant-Thomas, Eavon Mobley, Marc Mauer, Elaine Elinson, Johanna Wu, Steve Menendian, Hiram José Irizarry Osorio, Ruth Peterson, Hasan Jeffries, Shauna Marshall y Tobias Wolff. Le debo un agradecimiento especial a mi querida amiga Maya Harris por leer múltiples versiones de varios capítulos, sin cansarse nunca de revisarlos.

Por fortuna para mí, mi hermana Leslie Alexander es profesora de Historia Afroamericana, así que me he beneficiado de su conocimiento y perspectiva crítica en relación con la historia racial de nuestra nación. Cualquier error de juicio o relativo a los hechos es totalmente responsabilidad mía, por supuesto.

También quiero transmitir mi aprecio a mi excepcional editora, Diane Wachtell, de New Press, que creyó en este libro antes de que yo hubiera escrito ni una palabra (y esperó pacientemente hasta que la última estuvo escrita).

Algunos de mis antiguos alumnos han contribuido de forma importante a este libro, entre ellos Guylando Moreno, Monica Ramirez, Stephanie Beckstrom, Lacy Sales, Yolanda Miller, Rashida Edmonson, Tanisha Wilburn, Ryan King, Allison Lammers, Danny Goldman, Stephen Kane, Anu Menon y Lenza McElrath. Muchos de ellos trabajaron de forma no remunerada, simplemente por el deseo de contribuir de algún modo a este esfuerzo.

No puedo terminar sin reconocer los valiosos regalos que he recibido de mis padres, que en último término hicieron posible este libro al criarme. He heredado la determinación de mi madre, Sandy Alexander, que me asombra por su habilidad para superar obstáculos extraordinarios y enfrentarse a cada uno con optimismo renovado. Debo mi visión de justicia social a mi padre, John Alexander, que fue un soñador y nunca dejó de desafiarme para que profundizara más, para que buscara verdades más grandes. Ojalá estuviera vivo para ver este libro, aunque sospecho que algo le habrá llegado de todos modos. Este libro es también para ti, papá. Descansa en paz.