Destino

Vidas y laberintos


Abelardo Posso Serrano

Virginia Salazar Wrigth






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1ª edición: 2021



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PRÓLOGO

Destinos no pretende ser más que una novela, no es un tratado de sociología de las culturas europeas, del Medio Oriente y de Sudamérica. No quisiéramos que alguien aspire a encontrar en la novela un informe académico, documentado sobre la emigración a la América Latina. Sus personajes son ficticios y las situaciones descritas son imaginarias.

Con este prólogo, aspiramos a explicar algunas particularidades de la novela, por ejemplo, que, a pesar de ser totalmente ficticios, los personajes podrían encontrar semejanza en personas reales. Es como que la novela diera lugar a que ciertos lectores se identifiquen con los personajes, porque ellos vivieron experiencias semejantes o porque sus antepasados habrían emigrado en circunstancias parecidas a la de los personajes de la novela.

Podría decirse, entonces, que las semejanzas que se encuentren casi no responden a una mera casualidad, porque, en efecto, muchas personas fueron a una América que prometía hacer realidad las más caras aspiraciones de los recién llegados y que ofrecía oportunidades para que los nuevos emigrantes puedan hacer «todavía» algo inédito, esos emigrantes pudieron, muy fácilmente, haber afrontado situaciones muy parecidas a las descritas en la novela.

No han pasado muchos años desde que en Europa, principalmente, se creía que, en efecto, América inclusive y, especialmente, la parte latina del continente era en verdad el Nuevo Mundo, donde no valían los prejuicios y las situaciones de menoscabo, que en muchos casos llevaron a los emigrantes a dejar sus países de origen.

No es errado decir que en América hubo poblaciones indígenas poco proclives a juntarse con los colonos españoles, aparte de que no eran ni son ficticias ciertas comunidades indígenas, que aún en nuestros días viven y vivían antes voluntariamente segregados, esos que buscaron refugio en las montañas o en la selva profunda para no estar en contacto con los nuevos colonos. Por lo anterior, no es desechable la ficción de que, en el pequeño pueblo, que es el escenario de una de las sagas principales descrita en la novela haya habido un grupo de indígenas que, por principio, se rehusaba a integrarse a los mestizos que conformaban la otra mitad de la población de la aldea

Es creíble, también, que pudieron suceder reacciones típicas de los pueblos chicos que admiraban a los recién llegados por sus ropas y sus modales. Esta actitud expone a los habitantes del pueblo más susceptibles a los engaños y es posible que aún en nuestros días esos artificios se den, como en la novela, donde se explota la presunción de que mientras más pequeño sea el pueblo que recibe a los nuevos emigrantes, más simple es su sociedad.

Consideramos también en la novela las condiciones de las ciudades y los pueblos, y ponemos nombres reales a esas ciudades porque fueron puntos de auténtica atracción para los emigrantes. Los nombres de los pueblos o, mejor, de las aldeas remontadas en el que giran algunos episodios claves son producto de nuestra imaginación.

Es dable afirmar, como la explicación que vamos dando en este epílogo, que las realidades de fondo para emigrar hasta ahora suelen ser las que mueven a las personas a dejar sus hogares y sus países y, ciertamente, aún son los incentivos para que los emigrantes salgan de sus tierras para viajar a lugares remotos, en muchas ocasiones, sin ninguna de las comodidades del mundo que dejan y casi siempre para convivir con personas de otras culturas y distintas idiosincrasias.

Posiblemente, solo como un recurso para simplificar los relatos, en la novela recurrimos a uno de los factores comunes para la emigración, esto es la adversidad que impulsó a la gente a dejar su país para superarla, para encontrar nuevos derroteros porque no les quedaba en sus propios países esperanza alguna de progreso; en fin, por la simple adversidad dentro de una concepción lo más general posible, para que abarque desde la mala fortuna a la opción por la aventura.

En cuanto a oportunidades, podría darse por cierto que, en tiempos pasados, muchas más cosas se podían hacer en el nuevo mundo, puesto que en el viejo ya se había probado a hacer casi todo.

En ese panorama de apertura se contaba con el espíritu emprendedor del nuevo emigrante, incluso con su disposición al sacrificio para ir llevando a cuestas una civilización que, por supuesto, no convencía a todos por sus aparentes bondades.

Esto es porque en lo que tiene que ver con lo que podía hacerse en América, en el Nuevo Mundo, en tiempos pasados y hasta nuestros días, implica tareas que exigen esfuerzos y sacrificios y no muchos están dispuestos a sufrirlos.

Debido a esta ficción, en la novela, que también se acerca mucho a la realidad, a los personajes imaginarios podríamos haberlos situado en cualquier otro país del mundo o en cualquier otro país de Latinoamérica, pues es cierta la común acepción de que los latinoamericanos nos parecemos mucho y que por eso no se puede explicar porque hemos formado tantos países. Pusimos a los personajes de la novela en tres países, pero pudieron estar en otros muy similares y la saga que vivieron pudo reproducirse donde imaginamos o en cualquier otro lugar del nuevo mundo.

Usamos en la novela la concepción de nuevo y viejo mundo no porque desconozcamos que hay, actualmente, mundos muchos más nuevos que América, sino para situar el relato en una época recién pasada, cuando era común referirse al viejo mundo, de donde venían los emigrantes y, al nuevo mundo, a América (todo el continente), donde eran recibidos sin las enormes dificultades y restricciones contemporáneas.

LIBRO PRIMERO
Capítulo I

LIGURIA

El siglo llegaba a su fin y él seguía vivo, quizás debía dar gracias a Dios por esa larga supervivencia, pero sus huesos le pesaban más y algún dolor nuevo aparecía por las mañanas.

Su madre le dijo que cuando uno llega a viejo, si no le duele nada es que ha muerto; entonces se consolaba y recordaba lo bueno, que aún era capaz de empinar un trago y silbar a tono…, pero la realidad que le rodeaba era obvia, su cuerpo protestaba por el peso de los años.

Es cierto que la vejez comienza en algún año y cada día progresa un poco más, los cumpleaños son un recuerdo de los tantos ya cumplidos, una especie de inventario que se hace en cada aniversario y, precisamente esa misma mañana, su amigo el barbero, entre navajazos y espuma, le había recordado que pronto cumpliría años. No dijo nada al barbero, no hacía falta machacar que día a día pesaba más el pasado y se acortaba rápidamente el porvenir. Recordó que ya eran siete veces diez en el nuevo mundo y a esos muchos años suponía que debía sumar veinte más en su Liguria.

El presente era sombrío, pero sus añoranzas todavía resplandecían, el contraste de lo que fue y de lo que es arrancó al viejo un par de lagrimones. Cuántas veces durante años había saboreado la delicia del recuerdo. Su pueblo natal en Liguria enclavado en la montaña con sus verdes colinas, la hermosa casona de su infancia, los olivares, el viñedo… la vida rural pletórica de abundancias, de amor.

Sus imperecederos recuerdos se le amontonaban, querían atropellarlo por su importancia, se vio frente al cobertizo recorriendo con la mirada todo aquello, el viejo cesto, la horqueta, incluso su desgastado pantalón de cuero, la vieja prensa, las tinajas y botijas, la hermosa enredadera que juntaba el techo con el piso.

Podía percibir aún el olor primaveral de las flores, mezcladas con el olor del vino añejo; podía seguir viendo algunas botellas sobre la repisa, donde se colocaban otros aparejos, pero ahora, en el presente, dejando por el momento la ensoñación del pasado, volteó la mirada hacia las escasas parras del viñedo ya seco, salpicado de uvas magras, los arados olvidados en el patio trasero donde antaño se apilaban los cestos de uva y en la cuadra el viejo caballo, el único que aún quedaba, rodeado de flacas mulas grises, tan antiguas como él.

Como el punto álgido del comienzo del deterioro recordó la verde colina que circundaba la casa de donde salió para perderse en el horizonte su joven amo. Con su adiós había comenzado el cambio radical en sus existencias: la del viejo en Liguria, la del joven en el nuevo mundo.

Capítulo II

BUENOS AIRES

En su nuevo destino, cuando era todavía muy joven, Tony recordó que había echado una última mirada a su entorno que ya no daba para más. La cosecha había sido muy mala ese año, quizá peor que el anterior y los tres que antecedieron. Los olivares yacían secos, buenos solo para madera de fogón, uno que otro racimo entregaba, con avaricia, pocas uvas que colgaban de palos secos como manos de muerto.

La tierra estaba agrietada y cansada y desde hace casi un lustro parecía que la heredad había unido su destino al viejo Paolo, su fiel criado, el que ya no podía siquiera ver el cielo, que era lo único que parecía nuevo, por su encorvada espalda. El viejo Paolo estaba condenado a ver su imagen en la tierra agrietada y agotada.

Desde que Tony recordaba, su padre y, antes su abuelo, habían confiado en la sabiduría del fiel Paolo. Cuando él decidió hace muchos años cambiar de destino, Paolo quedaría a cargo de los retorcidos árboles y debía esperar un milagro.

Los olivares habían sido el orgullo de tres generaciones, pues antes sus fuertes y pródigas ramas cedían ante el peso de su fruto. Los olivares habían sido alineados según su variedad, como soldados en perfecta simetría. Cuando con sus ojos quería medir la distancia, su vista alcanzaba hasta perder la imagen en el horizonte de la campiña de Liguria.

En esos felices años todo indicaba prosperidad. Se trabajaba por jornadas y los peones con el mismo esfuerzo que sus patrones laboraban sin cesar: virando la tierra; abriendo nuevos surcos y cosechando aceitunas sin parar, desde los primeros rayos del sol hasta el ocaso.

De vez en cuando, en horas específicas como al caer la tarde, todos refrescaban su sed con el vino propio, fruto de la parcela de uvas enramadas en un gran arco a la salida del patio trasero y que se alargaba por más de una cuadra.

Las horas del día no parecían suficientes para recibir todos los dones de la tierra, en constante ajetreo, las carretas tiradas por fuertes bueyes llevaban tanta carga que se desparramaba por los bordes.

Con frecuencia, el padre de Tony se veía obligado a aliviar la carga de su gente habitual y contrataba a sus vecinos, que ayudaban más por solidaridad que por necesidad, puesto que todos en la región podían alabar y agradecer a la Providencia la prosperidad de la gente.

Claro que, según contaba el padre de Tony, los foráneos miraban con envidia el prodigio de esa tierra, que regalaba sus frutos sin remilgos. Los foráneos visitantes renovaban entonces sus sueños de éxito, pues veían en Liguria un buen destino para propios y extraños.

Capítulo III

LA DESPEDIDA DE LA HERENCIA FAMILIAR

El día que se despidió Tony, el viejo Paolo estuvo más taciturno que nunca, se limitaba a observar al joven y sentía profunda tristeza por quedarse solo y porque presentía que la casona iba a caer en picado.

Ciertamente, todo apuntaba a creer que una tradición, comenzada por el abuelo de Tony, estaba dando sus últimos estertores. Tony se marchaba al otro lado del gran mar y su antiguo patrón, el padre de Tony había muerto hace más de un mes, parecía que con él se fue todo lo que había quedado de la casa montada por Agostino, el abuelo, que fue el iniciador de la tradición comercial de los Pedemonte.

Antes de montar la industria de los olivares, Agostino había recorrido algo de Europa y, sin haber podido encontrar un trabajo fijo, terminó en una gran hacienda en Andalucía, de los esposos Torreón de Olivares y Castaño, una pareja afortunada que precisamente con el cultivo de olivares y la producción de aceite llegó a amasar una considerable fortuna.

Ya con dinero y propiedades, los esposos manosearon su apellido para acercarse lo más posible a las aristocracias. Tenían que hacer honor a su industria y, por eso, el apellido Olivares no podía faltar en la fórmula. Vivían en una casa que tenía en su flanco derecho una alta torre, adoptaron por ello el apellido «Torreón» y, de haber sido antes, en su aldea, simplemente castañuelas, cambiaron su último apelativo por «Castaño», Castaño que con la conjunción anterior dejó completo el maquillaje.

Pero aparte de la cursilería y el esnobismo, los Torreón de Olivares y Castaño prácticamente adoptaron al entonces joven Agostino y, ciertamente, le pasaron todo los secretos de la técnica del cultivo de olivares, por eso cuando decidió en 1890 volver a su pequeño pueblo de Liguria, llegó en un buen carruaje, tirado por dos caballos briosos, ropa nueva, alguna suma de dinero, y, sobre todo, lleno de conocimientos sobre olivares, aceitunas y aceites.

Compró una parcela de tierra y empezó su negocio con tanta prosperidad, que sus ganancias dieron lugar a la compra de tierras aledañas para sembrar más olivares y producir mayor cantidad de aceite. Construyó un pequeño imperio y se ganó el afecto de los vecinos que pronto le llamaron «don».

Las familias ricas de Liguria buscaban alguna buena forma de hacer amistad y alianzas con don Agostino, y una de ellas ofreció a Agostino una hermosa joven rubia, de ojos verdes, dormidos, de franca sonrisa seductora y esplendida figura.

Don Agostino quedó prendado de la joven Eduarda y pronto se casaron, Paolo recordaba que la gran recepción después de la boda fue ya en la casa de los Pedemonte-Repetto. Agostino no cabía de tanta dicha y Eduarda, ese día, lucía más hermosa que nunca.

Los presagios de fortuna eran excelentes, las buenas ideas comerciales de Agostino y la belleza y don de gentes de Eduarda hacían de ellos la pareja perfecta, los consentidos de la sociedad pueblerina y los modelos que querían seguir los mozos ambiciosos del pueblo.

De esa buena época fue testigo Paolo, que veía crecer la heredad y sentía la prosperidad que corría libre por las tierras de los Pedemonte-Repetto. No había nada de la moda de Milán que no estrenara la bella Eduarda y Agostino adquirió el primer modelo deportivo de un Maserati, que también corría libre por los caminos de la región y levantaba polvaredas en el pueblo. Los chiquillos seguían, corriendo al paso de Agostino y de su bella mujer de elegancia refinada, el automóvil deportivo que solo habían visto en las revistas.

La afición por los automóviles y por la velocidad fue otra tradición iniciada por Agostino, pero su afición al lujo no fue despilfarro y la hacienda nunca se descuidó, siguió creciendo en riqueza y prosperidad, con la misma velocidad que corría con su automóvil deportivo las campiñas de Liguria.

El heredero de Agostino, el patrón recordado por Paolo adquirió parte de la tradición de su familia, tuvo siempre una imparable pasión por los automóviles deportivos y soñaba con recorrer los caminos a velocidades nunca registradas, ni en Liguria ni en ninguna otra parte del mundo, pero no se veía negociando precios de aceite, nunca tuvo interés por las variedades de olivares y ni siquiera encontraba gusto a las aceitunas, no a las verdes, tampoco a las negras.

El heredero Antonino no llegó a ser una bala perdida, pero no sacó ni una pizca de la enorme responsabilidad de su padre, el fundador de la heredad. La emulación de la belleza casi inagotable de su madre lo llevó a buscar siempre la compañía y el amor de bellas muchachas, pero Liguria se quedó corta, ya no había lugar para satisfacer el sofisticado gusto de Antonino por las mujeres.

Presentía que las damas de su preferencia podrían vivir en París, esos hermosos seres candorosos y afectuosos, que hacen creer a los hombres que las acompañan que ellos son únicos, o las hermosas mujeres de Roma, de belleza clásica, aquellas que revivían en su porte la grandeza del pasado imperio, o en España, donde las mujeres están llenas de gracia y altivez.

Pero no podía dejar la hacienda, sabía que una gran parte de su encanto estaba en su dinero y en los automóviles de lujo y en su casona, por contar con muchos sirvientes y, en fin, por la enorme reputación de la familia Pedemonte-Repetto.

No se imaginaba buscando trabajo como inmigrante, viviendo en una barriada pobre de una gran ciudad en la que casi todos sus habitantes son anónimos.

Siempre se quedó en su pueblo, en Liguria, porque era allí el «heredero», el espléndido galán que no escatima en gastos para complacer a sus amigos, era el «niño bien» de la región. No podía cambiar su situación por los avatares impredecibles de dejar la vida muelle, los lujos, los automóviles y, en fin, como consuelo por el forzado arraigo se decía a sí mismo que las mujeres del pueblo, luego de una buena cena y de un excelente vino y licores cordiales, podían despertar alguna novedad, aparte de que es de sabios concluir en que no hay nada que pueda ser completo en el mundo.

Antonino, por otra parte, en su interior reconocía que tenía la ventaja de ser hijo único, porque aun cuando no pueda decirse que fue un golpe de suerte, su hermosa madre murió al quedar, después de algunos años, embarazada, y al dar a luz perdió su vida y quedó el vástago que hubiera podido rivalizar con Antonino.

Paolo recordaba este triste episodio cuando se fue para siempre el esplendor de la belleza de Eduarda y la tremenda soledad en la que quedó Agostino, el niño no podía ser cuidado por el padre y Antonino estaba muy ocupado en sus derroches; fue entonces cuando se buscó una ama de cría para el niño, se trataba de una robusta madre soltera del pueblo que nunca reveló quién era el padre de su cría.

La joven nodriza cuidaba con igual celo a su hija y al niño Pedemonte-Repetto, los dos crecieron como hermanos mellizos y el niño aprendió a querer a su madre postiza desde que recibió la primera gota de leche.

Capítulo IV

LA VIDA DESPUÉS DE AGOSTINO

 A Paolo le bullía el cerebro, los recuerdos martillaban su mente. El patrón había llorado a su mujer por meses, amanecía y anochecía embrutecido por el vino que copa tras copa bebía frente al hogar de la gran casona o encerrado en el despacho, mientras la robusta nodriza se hacía cargo totalmente del cuidado del último vástago Pedemonte-Repetto.

Elsa, la nodriza, escogió el nombre de Giuseppe para el niño y pidió autorización del embriagado Agostino para bautizarlo en la iglesia del pueblo, don Camilo, el cura, pidió padrino y madrina, Elsa se presentó como madrina y el barbero aceptó ser el padrino. No hubo fiesta ni recepción alguna luego de la ceremonia, Elsa llevó en sus brazos a Giuseppe a su casa y todos dejaron por terminado el asunto, quizás habría que contar, otro día, a don Agostino que tenía un nuevo cristiano en su familia.

El pequeño Giuseppe y su hermana de leche, Giacoma, de origen incierto, crecieron siempre juntos, comían del mismo plato y, pasado el tiempo, más unidos se encontraban. Ya de adolescentes empezaron a notarse las diferencias, pues Giacoma odiaba las clases sociales y detestaba a los ricos y a los aristócratas, más a aquellos ostentosos, mientras que Giuseppe veía en todo la mano de Dios, siempre recurría al Creador para realizar la más mínima tarea: —¿Qué te parece si hoy hago tal cosa en la granja? —preguntaba mirando al cielo. Creía ver las respuestas de su inefable padre celestial y cuando el cielo se encapotaba quería decir que no contaba con la autorización divina, pero en sus afanes románticos dejó a un lado el consejo de Dios y cada día se acercaba más a Giacoma, se sentía ruborizado cuando rozaba su mano y las noches se quedaba dormido con el último recuerdo de las palabras o de las acciones de su hermana de leche. Al despertar corría para encontrarla, generalmente en la cocina, para contarle que, otra vez, soñó con ella.

Una de estas mañanas, Giuseppe siguió a Giacoma hasta el pequeño cobertizo, para darle más detalles de su ensoñación, y ella le contestó que era una persona muy práctica, que no soñaba ni se hacía ilusiones, pero que si alguna vez besara a alguien sería a Giuseppe.

Entornaron los ojos y se acercaron, sus cuerpos estuvieron muy juntos y ocurrió el destino práctico de Giacoma y se hizo realidad el sueño de Giuseppe. Como fue su vida, nuevamente juntos descubrieron el amor y notaron que en las caricias y los besos había muchas más razones para jurarse que no se separarían jamás. Giacoma se propuso seguir odiando a los ricos y poderosos, pero excluiría de su resentimiento a Giuseppe; mientras él pedía perdón a Dios por no haberle consultado con anticipación y de rodillas le agradeció, por haberle hecho conocer, en carne propia, las razones que existieron siempre para sacrificar un paraíso, siempre, indefectiblemente, por el amor a una mujer, como nuestro padre Adán que dejó la tranquilidad y la vida idílica por el apasionado amor que le enseñó Eva, que ella era el verdadero fruto de la vida.

La pareja se mostraba muy feliz, Giuseppe día a día se apartaba más de su familia biológica, incluso porque el ya desgastado Agostino creía recordar, entre brumas, que tuvo otro hijo.

Antonino, sin reconocer que la suerte siempre estuvo de su lado, decía que le hubiera gustado ser el hermano mayor del pequeño Giuseppe, pero que no cabía visitarlo en la casa de Elsa, por razones que ella y él conocían.

El misticismo de Giuseppe crecía con el tiempo, cada vez parecía más etéreo y en sus devaneos religiosos se le ocurrió que el paso final de perfeccionamiento espiritual sería informar a su decrépito padre y a su disoluto hermano que les perdonaba su pertinaz abandono.

Fue a la casona y vio a su padre que divagaba, lo miraba sonriente, pero a todas luces no sabía de quién se trataba. Le agradeció su perdón, pero no pudo captar la razón del mismo. Antonino se encontró con su casi desconocido hermano en la taberna del pueblo, se propuso escucharlo.

Nunca pude visitarte —le dijo— porque Giacoma es mi hija. Elsa me prometió y, siempre cumplió su palabra, de no revelar la verdad. Giuseppe sintió que la vida se le escapaba del cuerpo y como último recurso miró al cielo para recurrir a la protección de su verdadero padre, el Creador.

El cielo no solo estaba negro, amenazaba tormenta. La respuesta de Dios quedó muy clara para Giuseppe, Dios lo expulsaba de su particular paraíso por haber conocido, bíblicamente, el amor de su propia sobrina, carne de su carne, era él un pecador irredento, debía exculpar su imperdonable incesto.

No se despidió de su hermano, se limitó a mandarle una horrible mirada de reprobación, dio un portazo y salió despavorido al campo para caminar muchas horas, dándose golpes muy fuertes en el pecho. —Soy un pecador, soy un pecador —se repetía cada vez con mayor constricción. No fue a dormir a la casa de Elsa esa noche y de madrugada salió con la firme determinación de tomar los hábitos como monje cartujo.

Giuseppe estaba seguro de que debía pasar su vida entera en retiro espiritual para que Dios, que había sido su guía siempre, pudiera llegar a perdonarlo, y le importaba demostrar que su enamoramiento con Giacoma fue sin saber que había entre los dos un parentesco tan cercano. Poco le importaba calcular el grado de parentesco entre un medio tío y su media sobrina, se sentía endemoniado y debía apartarse de la sociedad, especialmente, poner tierra entre él y Giacoma, aun cuando solo repetir su nombre le provocaba escalofríos.

Se encerró en un convento de la orden de los cartujos en los Pirineos, aprendió griego clásico y se dedicó a leer y releer, hasta el agotamiento, las Cartas de San Pablo, durante varios años se olvidó de comer y de beber, hasta que sus silenciosos hermanos cartujos lo encontraron en el piso de su húmeda celda muerto, cuarenta años después, indefectiblemente muerto.

Como Giuseppe había entrado casi de incógnito al convento y debido a que los monjes no preguntaban ni decían nada, cuando alguno de ellos preguntó quién era el muerto, para avisar a la posible familia terrenal que tuviera, los monjes alzaron los hombros hacia sus cabezas, como para decir que no importaba, y luego negaron conocerlo con la cabeza. Lo enterraron al pie de un árbol de higos, que empezó muy pronto a dar excelentes frutos, que los silenciosos monjes comían con disimulado deleite.

Mientras tanto habían pasado algunos años desde el abandono de Giacoma, que había perdido interés por los hombres y por su apariencia. La falta de cuidados ayudó a los años para que se convirtiera en una especie de esperpento de triste aspecto. Su antes hermoso y contorneado cuerpo quedaba enfundado en una fea bata que había cubierto a quién sabe cuántas dueñas anteriores, sus rizos obscuros hasta los hombros se sujetaban con una suerte de malla, su tez otrora bronceada era ahora de color cetrino y sus ojos hundidos dejaban suponer su profunda melancolía y un tenaz abandono.

Trabajaba para sobrevivir, había dormido poco, como de costumbre y, cuando escuchó la sirena de la fábrica de abono orgánico en Milán, donde fue a trabajar, se dispuso cansinamente a una nueva jornada, tan en silencio como su examante. El destino, sin que ella lo supiera, los había unido, ella —en profundo silencio— guardando abono orgánico en grandes sacos y, él, en silencio, leyendo las Cartas de San Pablo en griego antiguo.

No supo nunca a cabalidad por qué Giuseppe huyó de su lado, sin despedirse. Su madre creía intuir la razón porque se había cruzado con Antonino en el pueblo; él, en un hermoso automóvil de su colección, ella, como correspondía, halando una mula prieta cargada de ropa limpia de los vecinos del pueblo.

El día del encuentro con el padre de Giacoma, Antonino desde el coche le dijo que semanas antes había conversado con su pequeño hermano, precisamente el día de la tempestad, y que nunca más supo de él. —¿Cómo está? —preguntó Elsa—, a lo que su examante le dijo que simplemente había desparecido el día siguiente de la tormenta.

Antonino, en sus adentros, se alegró mucho con la noticia pues con ella afianzaba su situación de heredero universal. Habrá que celebrarlo se dijo, y buscó a una de sus chicas, a la que se había conservado mejor para ir a un hipódromo en Génova, porque también le gustaba apostar mucho en las carreras de caballos.

Había noches, en su destartalado cuarto en un barrio obrero de Milán, que Giacoma, sin dormir todavía, recordaba las caricias de Giuseppe y la felicidad que le despertó la pasión compartida, pero ya era tarde para buscar otro amor. Más aún cuando ella quedó persuadida de que no había en la creación un ser más perverso que el hombre. En el incomprensible, para ella, misticismo de Giuseppe se decía a sí misma que el ser malvado y provocador de la Biblia debió haber sido el hombre, no la inofensiva culebra, que solo sugiere comer manzanas.

Giacoma venía laborando, encerrada en ese lúgubre lugar hace ya más de diez años. La fábrica, que formaba parte de un enorme complejo fabril perteneciente a un judío italiano, abarcaba más de una cuadra en el barrio industrial de Milán. Cientos de obreras sin rostro como ella trabajaban como esclavas, frente a los enormes molinos y mezcladoras, sin ningún entusiasmo y con muy escaso sueldo.

Casi todas las obreras provenían de distintas comarcas rurales de Italia, eran tan pobres como ella y compartían el destino de haber llegado a ese pestilente lugar para obtener un trabajo que les permitiese simplemente subsistir. No se dirigían la palabra entre ellas, no por voto de silencio cartujo, sino por la simple razón de que no tenían nada que decir.

Por contraste, Giuseppe pagaba su pecado en un purgatorio silencioso, rodeado de otros esperpentos, mientras que Giacoma, sin saber qué pecado había cometido, pagaba su culpa en un círculo pestilente que no se le había ocurrido describir ni al divino Dante.

Giuseppe murió, consumido como el Buda, entre libracos de griego antiguo, pero quizás esa fue su expiación del pecado sobredimensionado; Giacoma iba a encontrar en su círculo infernal una razón para seguir viviendo.

Una tarde, chocó su mirada furtiva con otra de las obreras silenciosas, por la fuerza, no por vocación, y participó en una reunión secreta en un apartado galpón de la misma fábrica.

Protegidas por pilas de sacos de abono, algunas obreras por fin mostraban algún entusiasmo. Una mujer mayor, vestida con igual overol azul, con una bandera roja con estrella amarilla en una mano, alzaba para ser visto por todas un cartel en el que se había escrito una proclama que decía: «Haga Patria, destruya un empresario». Otras compañeras distribuían panfletos de fila en fila para que todas las asistentes tuvieren uno. En pocos minutos quedó el escenario montado y la vieja obrera tomó primero la palabra, para destacar los derechos del proletariado y aclarar que la única vía para conquistarlos era la revolución de las masas oprimidas.

Esa fue la primera reunión de iniciación de Giacoma en la vida de rebelión marxista, el objetivo de la lucha de clases le fascinó desde el comienzo y llegó a ser parte de sus entrañas, al pasar los meses manoseando la doctrina.

El día más feliz, en la que parecía ser la existencia más sombría de la abandonada mujer, fue cuando en representación del sindicato de su fábrica acudió a la reunión de la comunidad obrera de Milán, donde conoció a otras dirigentes de innumerables oficios, todas, sin excepción, imbuidas en la necesidad de romper, con la fuerza de las armas si era necesario, la situación de explotación laboral en la que vivían, mientras sus respectivos empresarios se enriquecían asquerosamente.

Giacoma renunció al amor apasionado para trocar su pasión por una entrega fanática al partido comunista, que remplazó, como su hogar a la casa de Elsa, al tiempo que las proclamas marxistas sustituyeron a las canciones de amor que le gustaba escuchar en una pequeña radio, que prendía en el cobertizo. Supo entonces porque desde hace muchos años, a raíz del inexplicable abandono de Giuseppe, había descuidado su figura y su apariencia, pues, ahora, con su overol azul y la banda roja en su brazo izquierdo quedaba vestida de revolucionaria. A nadie inspirará amor, pero todos tendrán que sentir temor por sus propósitos y sus alcances.

En la reunión, con la crema y nata del sindicalismo obrero italiano, conoció a Giovana, una de las que habían sido amantes de Mussolini, el peor enemigo de los comunistas. Giovana era una mujer impresionante, cada sílaba que salía de su hermosa garganta mostraba la seguridad que Giacoma quería llegar a tener para hacerse temer en toda la barriada.

Giovana fingía, como buena artista, esa seguridad que deslumbró a Giacoma, porque venía de una familia judía de Venecia y fue precisamente el antisemitismo y la horrenda persecución de Mussolini que, años después, la llevó a emigrar a la Argentina, a pesar de que consta en la historia política que se pasó del socialismo, que apasionó a Giacoma, al fascismo de «il Duce».

Las reuniones proletarias se hicieron muy frecuentes y los dirigentes obreros se hicieron amigos, compartían la ideología revolucionaria, el vino, el pan, el queso antiguo y, algunas veces, la cama.

Por su parte Giovana cosechó muchos amores de sus coidearios y tuvo dos hijos con su primer esposo, Lorenzo Enrico que en mayo se fue a la guerra y murió, y el segundo, Pietro, terminó huyendo con su madre a la Argentina donde conoció a Tony Pedemonte.

LIBRO SEGUNDO
Capítulo I

INICIA EL VIAJE AL NUEVO MUNDO

Tony dejó la casa de su abuelo, más con pena por el viejo Paolo que por la misma heredad, que se había hecho flecos por los placeres y gustos de su padre Antonino, que ya entrado en años se casó con su madre Concheta, porque sus tíos eran conocidos en el pueblo por su mal carácter y Concheta estaba embarazada del «don juan» cuarentón y no tuvo más remedio que pedirle a don Camilo que santificara la unión con la futura madre de su hijo. Antonino no tenía pasta para ser padre y a Tony le dejó prácticamente a cargo de Paolo, que hizo sus veces.

Antonino fue novelero siempre. Notó que su fortuna dejó de ser atractiva por el deterioro de la hacienda, y que sus autos eran más de museo que, para pasear chicas, aparte de que ellas, las hijas de sus antiguas novias no parecían seducirse fácilmente con cenas, vinos de marca y promesas.

El seductor ya envejecido cambió frecuentemente de técnicas, pero ninguna daba los resultados de antaño. Tuvo que reconocer que para todo existe su tiempo y que su mayor atractivo, con los años, no fue su porte varonil y su sofisticación, imitada en películas del tiempo de oro del cine italiano, pues esencialmente el mayor imán para las mujeres fue su dinero y, al escasear este, Antonino se vio obligado a salir del pueblo cada vez que sus afanes amorosos se hacían presentes para conquistar alguna campesina medianamente joven y no muy llena de carnes, para invitarla a tomar algún vino barato y llevarla, casi inconsciente, a satisfacer sus avideces insaciables.

Las conquistas campestres se tornaron en tan frecuentes que Tony podía ver a su padre, uno que otro mediodía, cuando salía de su lecho con los ojos inyectados en sangre y un terrible dolor de cabeza, solía, en todas esas ocasiones, tener sed, pero nunca ni el menor arrepentimiento.