imagen

 

 

Raynor Winn. Caminante y escritora de larga distancia. Escribe sobre la naturaleza, la falta de vivienda y los campamentos salvajes. Vive en Cornwall. Su primer libro, El camino de la sal, fue un éxito de ventas. Fue preseleccionado para el Premio Wainwright 2018 y los Premios Costa Book 2018 en la categoría "Biografía". En mayo de 2019 ganó el Premio RSL Christopher Bland inaugural. En septiembre de 2019 se convirtió en el libro número uno más vendido en las librerías independientes del Reino Unido. Su segundo libro Wild Silence será publicado en la primavera de 2020.

 

 

 

Título original: The Salt Path: A Memoir (2018)

 

© Del libro: Raynor Winn

© De la traducción: Lucía Barahona

Edición en ebook: junio de 2021

 

© Capitán Swing Libros, S. L.

c/ Rafael Finat 58, 2º 4 - 28044 Madrid

Tlf: (+34) 630 022 531

28044 Madrid (España)

contacto@capitanswing.com

www.capitanswing.com

 

ISBN: 978-84-123514-1-5

 

Diseño de colección: Filo Estudio - www.filoestudio.com

Corrección ortotipográfica: Victoria Parra Ortiz

Composición digital: leerendigital.com

 

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

 

El sendero de la sal

 

 

CubiertaEn pocos días, Raynor se queda sin casa, sin trabajo y descubre que su marido de 32 años sufre una enfermedad terminal. Sin nada que perder y con poco tiempo, deciden caminar las 630 millas de la ruta costera del suroeste: de Somerset a Dorset. Casi sin dinero para comida y llevando solo lo esencial para sobrevivir a sus espaldas, viven salvajes en el antiguo y degradado paisaje de acantilados, mar y cielo. Sin embargo, a través de cada paso, cada encuentro y cada prueba en el camino, su viaje se convierte en una experiencia única. Una historia real y honesta de asunción del dolor y el poder terapéutico del mundo natural. En última instancia, una representación del hogar y de cómo se puede perder, reconstruir y redescubrir de las formas más inesperadas.

cover.jpg

Índice

 

 

Portada

El sendero de la sal

Prólogo

Parte I. Hacia la luz

01. El polvo de la vida

02. Perdemos

03. Movimiento sísmico

04. Maleantes y vagabundos

Parte II. El Sendero de la Costa Sudoeste

05. Sin hogar

06. Caminar

07. Hambrientos

08. El rincón

Parte III. El gran fetch

09. ¿Por qué?

10. Verde/azul

11. Supervivientes

12. Bailarines marinos

13. Pieles

14. Poetas

Parte IV. Moras ligeramente saladas

15. Promontorios

16. Búsqueda

17. Frío

Parte V. Decisiones

18. Ovejas

Parte VI. De los bordes

19. Vivos

20. Aceptar

21. Salados

Agradecimientos

Sobre este libro

Sobre Raynor Winn

Créditos

imagen

Prólogo

El sonido de las olas que rompen cerca no se parece a ningún otro. El rugido de fondo es inconfundible, envuelto en el vaivén de la ola que cae y el ruido de succión de la corriente de resaca a medida que retrocede. Estaba oscuro, apenas había un destello de luz, pero incluso sin ver nada pude reconocer la fuerza del mar y supe que estaba cerca. Traté de analizar la situación. Habíamos acampado muy por encima de la línea de marea alta; la playa se extendía por debajo de nosotros y el nivel del agua se encontraba más allá, es decir, no podía alcanzarnos; estábamos bien. Apoyé la cabeza en el jersey enrollado e intenté dormir. No, no estábamos bien, todo lo contrario. El avance y retirada de las olas no venía de abajo, sino que estaba justo fuera.

Gateé en la luz verdinegra de la tienda de campaña y abrí las solapas de un tirón. La claridad de la luna se recortaba en las cimas de los acantilados dejando la playa en completa oscuridad pero iluminando las olas, que rompían formando espuma. El agua ya alcanzaba la plataforma de arena que terminaba a tan solo un metro de la tienda. Sacudí el saco de dormir que estaba a mi lado.

—Moth, Moth, ¡el agua está llegando!

Metimos lo que pesaba más en las mochilas, nos pusimos a toda prisa las botas, extrajimos las piquetas de metal del suelo y levantamos la tienda entera, sin desmontar, con los sacos de dormir y la ropa dentro; el suelo de lona impermeable se combaba hacia abajo, hacia la arena. Nos lanzamos playa a través como un cangrejo de mar gigante en dirección a lo que la noche anterior era un simple chorrillo de agua dulce fluyendo hacia el mar y ahora se había convertido en un auténtico canal de agua de mar de un metro de profundidad que discurría hacia el acantilado.

—No puedo levantarla lo suficiente. Los sacos de dormir se van a empapar.

—Pues haz algo o no serán solo los sacos de…

Volvimos corriendo al lugar de partida. Observé que, cada vez que la corriente retrocedía, el canal se allanaba en una amplia extensión de agua de tan solo unos centímetros de profundidad. Bajamos de nuevo a la playa a toda velocidad.La marea había superado la plataforma y se precipitaba por encima de la arena hacia donde estábamos nosotros.

—Espera a que retroceda, entonces corre al otro lado del canal y sube por la playa.

No daba crédito. Este hombre, que hasta hacía apenas dos meses ni siquiera era capaz de ponerse el abrigo sin ayuda, estaba de pie en mitad de una playa, en calzoncillos, sujetando una tienda de campaña montada por encima de la cabeza y con una mochila colgada a la espalda apremiándome:

—¡Corre!, ¡corre!, ¡corre!

Chapoteamos por el agua con la tienda en alto y trepamos desesperadamente por la playa mientras las olas nos pisaban los talones y la corriente de la resaca trataba de arrastrarnos mar adentro. Tropezando en la suave arena, con las botas rebosantes de agua salada, soltamos la tienda a los pies del acantilado.

—¿Sabes? Creo que estos acantilados no son estables. Deberíamos alejarnos un poco más allá por la playa.

¿Qué? ¿Cómo podía ser tan precavido a las tres de la mañana?

—No.

Habíamos caminado trescientos noventa kilómetros, habíamos hecho acampada libre durante treinta y seis noches y la mayor parte de ese tiempo nos habíamos alimentado a base de raciones deshidratadas. La guía del Sendero de la Costa Sudoeste indicaba que deberíamos haber alcanzado este lugar a los dieciocho días de empezar la ruta y recomendaba unas comidas deliciosas y unos alojamientos con camas mullidas y agua caliente. La duración del recorrido y las comodidades estaban fuera de nuestro alcance, pero me daba lo mismo. Moth había subido corriendo por la playa tapado únicamente con unos calzoncillos rotos que había llevado cinco días seguidos mientras sujetaba una tienda de campaña sin desmontar por encima de la cabeza. Era un milagro. Mejor, imposible.

La luz comenzaba a irrumpir en la cala de Portheras en el momento en que guardábamos nuestros sacos y preparábamos té. Un nuevo día por delante. Otro día más de marcha. Solo faltaban seiscientos veintidós kilómetros para llegar.

imagen

PARTE I

HACIA

LA LUZ

«Háblame, oh musa, de aquel

varón de multiforme ingenio que

[…] anduvo peregrinando

larguísimo tiempo».

Homero

La Odisea

01

El polvo de la vida

Estaba escondida bajo las escaleras cuando decidí ponerme a caminar. En aquel momento no me paré a valorar a fondo la posibilidad de andar durante mil catorce kilómetros con una mochila a la espalda, no pensé si me lo podía permitir ni que haría acampada libre durante casi cien noches, ni qué haría después. No le había dicho a mi pareja de hacía treinta y dos años que iba a venir conmigo.

Solo unos minutos antes, agazaparnos bajo las escaleras nos había parecido una buena opción. Los hombres de negro habían empezado a aporrear la puerta a las nueve de la mañana, pero no estábamos preparados. No estábamos preparados para soltarnos y dejarnos caer. Necesitaba más tiempo: una hora más, una semana más, una vida más. Nunca habría tiempo suficiente. Así que nos acurrucamos bajo las escaleras apretados, susurrando, como dos ratones asustados, como niños traviesos esperando a ser encontrados.

Los oficiales se dirigieron a la parte trasera de la casa. Golpeaban las ventanas, comprobaban todas las cerraduras, buscaban la forma de entrar. Pude oír que uno de ellos se subía al banquito del jardín, empujaba el tragaluz de la cocina y gritaba. Fue en ese instante cuando vi el libro en una de las cajas de embalaje. Había leído Five Hundred Miles Walkies (Caminatas de quinientas millas) con veinte años. Es la historia de un hombre que recorrió el Sendero de la Costa Sudoeste con su perro. Moth estaba apretujado a mi lado con la cabeza apoyada en las rodillas, abrazándoselas en posición de defensa, dolor y miedo. Y rabia. Sobre todo rabia. Parecía que la vida hubiera hecho acopio de toda la munición posible para arrojárnosla con enorme fuerza en lo que habían sido tres años de batallas interminables. La ira le había dejado agotado. Apoyé mi mano sobre su cabeza. Había acariciado ese pelo cuando era largo y rubio, lleno de sal marina, brezo y juventud; cuando había sido castaño y más corto, lleno de yeso de obra y plastilina de los niños; y ahora plateado, más fino, lleno del polvo de nuestra vida.

Había conocido a este hombre a los dieciocho años. Ahora tenía cincuenta. Juntos habíamos restaurado esta granja en ruinas, habíamos arreglado cada pared, cada piedra, habíamos cultivado verduras, y criado gallinas y a dos hijos, habíamos habilitado un granero para visitantes, para que compartieran nuestra vida y pagaran las facturas. Y ahora, en cuanto cruzáramos esa puerta, todo quedaría atrás, dejaríamos toda una vida atrás, acabada, concluida, para siempre.

—Podríamos caminar.

Era un comentario ridículo, pero aun así lo solté.

—¿Caminar?

—Sí, caminar.

¿Podría aguantarlo Moth? Al fin y al cabo, se trataba de un simple sendero de costa. No podía ser tan difícil y, además, podíamos caminar despacio, simplemente dar un paso detrás de otro e ir siguiendo el mapa. Lo que necesitaba desesperadamente era un mapa, algo que me indicara el camino. Entonces, ¿por qué no? No podía ser tan difícil.

La posibilidad de caminar todo el litoral, desde Minehead, en Somerset, atravesando el norte de Devon, Cornualles y el sur de Devon hasta Poole, en Dorset, parecía casi factible. Sin embargo la idea de recorrer colinas, playas, ríos y páramos en aquel momento era tan remota e improbable como la de salir de debajo de las escaleras y abrir la puerta. Era algo que podrían hacer otros, pero no nosotros.

Pero, por otro lado, ya habíamos reconstruido un lugar en ruinas, habíamos aprendido fontanería por nuestra cuenta, habíamos criado a dos hijos, nos habíamos defendido de jueces y abogados muy bien remunerados, así que ¿por qué no?

Porque perdimos. Perdimos el caso, perdimos la casa y nos perdimos a nosotros mismos.

Alargué la mano para sacar el libro de la caja y observar la cubierta: Five Hundred Miles Walkies. ¡Parecía una perspectiva tan idílica! En aquel momento no caí en la cuenta de que el Sendero de la Costa Sudoeste era implacable, de que sería el equivalente a escalar el Everest casi cuatro veces, de que habría que caminar mil catorce kilómetros por un camino que en muchos tramos no tiene más de treinta centímetros de ancho, hacer acampada libre, llevar una vida asilvestrada y abrirnos paso a través de cada situación dolorosa que nos había conducido hasta allí, a ese momento, escondidos bajo las escaleras. Lo único que sabía era que debíamos caminar. Y ahora no nos quedaba elección. Había alargado la mano hacia la caja y sabrían que estábamos en casa, me habrían visto, no había vuelta atrás, teníamos que irnos. Cuando salíamos a gatas de la oscuridad de nuestro escondite, Moth volvió la cabeza y me preguntó:

—¿Juntos?

—Siempre.

Nos quedamos de pie quietos, junto a la puerta principal. Al otro lado, los oficiales esperaban para cambiar las cerraduras, para prohibirnos el acceso a nuestra antigua vida. Estábamos a punto de abandonar aquella casa centenaria tenuemente iluminada que nos había cobijado durante veinte años. Cuando saliéramos por esa puerta, no podríamos volver a entrar nunca.

Nos cogimos de la mano y caminamos hacia la luz.

02

Perdemos

¿Nuestra marcha comenzó aquel día bajo las escaleras o el día que salimos de la furgoneta de una amiga en Tauton y permanecimos bajo la lluvia a un lado de la carretera con nuestras mochilas apoyadas en el asfalto? ¿O tal vez llevara años fraguándose, aguardando en el horizonte, a la espera de abalanzarse sobre nosotros cuando no nos quedara nada más que perder?

Ese día en el tribunal fue el punto y final de una batalla que había durado tres años, pero las cosas nunca terminan como una espera. Brillaba el sol cuando nos mudamos a la granja de Gales; los niños correteaban a nuestro alrededor y la vida se desplegaba ante nosotros. Un montón de piedras abandonadas en un paraje aislado al pie de las montañas. Pusimos todo nuestro empeño en restaurar aquello, trabajábamos cada rato libre mientras los niños crecían. Era nuestro hogar, nuestro negocio, nuestro santuario, por eso nunca había imaginado que todo fuera a acabar en una sucia y gris sala de tribunal junto a unos recreativos. No esperaba que terminara conmigo delante de un juez diciéndole que se había equivocado. No esperaba llevar la chaqueta de cuero que los niños me habían regalado por mi cincuenta cumpleaños. No esperaba que terminara.

Sentada en la sala del tribunal, observaba cómo Moth rascaba una manchita blanca en la mesa negra que tenía delante. Sabía qué se estaba preguntando cómo habíamos llegado a esto. Había sido muy amigo del hombre que había presentado la reclamación económica contra nosotros. Habían crecido juntos, habían formado parte del mismo grupo de amigos. Juntos habían montado en triciclo, jugado al fútbol y compartido los años de adolescencia. ¿Cómo habíamos llegado a esto? Aunque otros se habían distanciado, entre ellos siempre había existido una relación estrecha. A medida que llegaban a la vida adulta, sus vidas fueron tomando direcciones muy diferentes. Cooper se introdujo en círculos financieros que muy pocos de nosotros comprendíamos, pero a pesar de todo Moth se mantuvo en contacto con él y continuaron siendo amigos. Confiábamos lo suficiente en él como para invertir en una de sus empresas cuando surgió la oportunidad. Metimos una cantidad de dinero considerable. La empresa en la que invertimos finalmente quebró y dejó una serie de deudas pendientes. Poco a poco, subrepticiamente, la sospecha de que debíamos dinero fue calando. En un primer momento no le hicimos caso, pero al cabo de un tiempo Cooper insistía en que, debido a la estructura del acuerdo, estábamos obligados a realizar el pago de aquellas deudas. Inicialmente, Moth se mostraba más afligido por la ruptura de una amistad que por la reclamación económica y durante años la disputa se mantuvo entre ellos. Estábamos convencidos de que no teníamos que asumir ninguna responsabilidad por las deudas, ya que no estaba específicamente indicado en la redacción del acuerdo, y Moth creía firmemente que a la larga lo solucionarían entre ellos dos. Hasta el día en que recibimos por correo un requerimiento de pago del tribunal.

Nuestros ahorros se agotaron rápidamente, engullidos por los honorarios de los abogados. A partir de ese instante nos convertimos, como tantos otros, en demandados que se representaban a sí mismos; el Gobierno había generado miles como nosotros después de anunciar las recientes reformas de la asistencia jurídica, las cuales nos dejaban sin derecho a una representación gratuita, dado que nuestro caso fue calificado de «demasiado complejo» para cumplir con los requisitos necesarios para acogerse a la asistencia jurídica. La reforma tal vez haya supuesto un ahorro anual de 350 millones de libras, pero ha dejado a personas vulnerables sin acceso a la justicia.

La única táctica que supimos emplear fue la de retrasarlo y retrasarlo, y volver a retrasarlo, intentando ganar tiempo. Durante todo ese periodo, nos pusimos en contacto a escondidas con abogados y contables para tratar de hallar alguna prueba escrita que pudiera convencer al juez de la verdad: que nuestra interpretación del acuerdo original era la correcta y, por tanto, no teníamos ninguna responsabilidad respecto a las deudas. Pero sin abogado defensor, nos ganaban la partida constantemente y presentaron cargos contra la granja como garantía de pago ante la reclamación de Cooper. Contuvimos la respiración y entonces llegó el mazazo: una solicitud de embargo de nuestro hogar, de la casa y del terreno, de cada piedra que con tanto cuidado habíamos colocado, del árbol donde los niños habían jugado, del agujero en la pared donde anidaban los herrerillos, de la plancha de plomo junto a la chimenea donde vivían los murciélagos. Una demanda para quedarse con todo. Lo seguimos retrasando, cumplimentando solicitudes, pidiendo aplazamientos, hasta que por fin pensamos que lo teníamos: la brillante luz blanca al final del túnel en forma de papel que demostraba que Cooper no tenía derecho a interponer aquella demanda porque no debíamos nada. Después de tres años y diez comparecencias en el tribunal, disponíamos de la prueba que podía salvar nuestro hogar. Enviamos copias al juez y al abogado del demandante. Estábamos preparados. Me puse la chaqueta de cuero, así de confiada estaba.

El juez revolvía sus papeles como si nosotros no estuviéramos allí. Necesitaba un destello de tranquilidad y miré a Moth, pero él tenía la mirada clavada al frente. Los últimos años habían hecho mella en él. Su pelo, que siempre había sido grueso, se había debilitado y era blanco, mientras que su piel había adquirido un aspecto ceroso y ceniciento. Parecía que estuviera viviendo dentro de un hoyo. De natural generoso, honrado y confiado, aquella traición por parte de un amigo tan próximo le había sacudido hasta la médula. Un dolor constante en el hombro y en el brazo le devoraba las fuerzas y le mantenía en un estado de permanente preocupación. Necesitábamos que todo aquello finalizara, retomar la vida normal; estaba segura de que entonces mejoraría. Pero nuestra vida no recuperaría esa clase de normalidad.

Me levanté y se me aflojaron las piernas, igual que si estuvieran metidas en agua. Me aferraba con la mano al trozo de papel como si se tratara de un ancla. Al otro lado de la ventana podía oír los chillidos y el alboroto que armaban las gaviotas.

—Buenos días, señoría. Espero que haya recibido las nuevas pruebas que le fueron entregadas el lunes.

—Así es.

—Si me permite referirme a esa prueba… —El abogado de Cooper se puso en pie al tiempo que se enderezaba la corbata, como hacía siempre que estaba a punto de dirigirse al juez. Seguro de sí mismo. Preparado. Todo lo que a nosotros nos faltaba. Estaba desesperada por tener un abogado, incluso habría suplicado.

—Señoría, esta información que usted y yo tenemos es una prueba nueva.

El juez me lanzó una mirada acusadora.

—¿Es una prueba nueva?

—Bueno…, sí. La recibimos hace cuatro días.

—A estas alturas del proceso, no se pueden aportar pruebas nuevas. No puedo aceptarla.

—Pero esta prueba demuestra que todo lo que hemos estado diciendo durante los últimos tres años es cierto. Prueba que no debemos nada al demandante. Es la verdad.

Sabía lo que estaba a punto de ocurrir. Quería congelar el tiempo, detenerlo en ese preciso instante, impedir que pronunciara las siguientes palabras. Quería darle la mano a Moth, levantarnos y salir de la sala, no volver a pensar en todo aquello nunca más, ir a casa y encender el fuego, acariciar los muros de piedra mientras el gato se acurrucaba al calor de la chimenea. Volver a respirar sin sentir una opresión en el pecho, pensar en nuestro hogar sin miedo a perderlo.

—No se pueden presentar pruebas fuera del plazo procesal oportuno. Voy a proceder a dictar sentencia. Concedo la posesión al demandante. Deberán desalojar la propiedad dentro de siete días a las nueve de la mañana. Bien, pasemos a las costas. ¿Hay algo que quiera decir sobre las costas?

—Sí, que está cometiendo un terrible error. Todo esto está mal. Y no, no quiero hablar sobre las costas, de todas formas no tenemos dinero, nos está arrebatando nuestro hogar, nuestro negocio, nuestros ingresos, ¿qué más quiere?

Me agarré a la mesa mientras sentía que el suelo se abría bajo mis pies. No llores, no llores, no llores.

—Bien, tomaré eso en consideración y desestimaré la reclamación de las costas judiciales.

Mis pensamientos vagaban en busca de algún punto de apoyo. Moth se removía en su asiento y casi podía tocar el olor a gravilla seca y caliente y a boj recién cortado que emanaba de su chaqueta. Los niños se habían raspado las rodillas en esa gravilla aprendiendo a montar en bicicleta y habían derrapado sobre ella cuando se marcharon en coche a la universidad. Las rosas estaban en plena floración, suspendidas por encima del seto de boj como bolas de algodón. Yo no tardaría en marchitarme.

—Solicito el derecho a recurrir en apelación.

—No, deniego el derecho a recurrir en apelación. Este caso ya ha durado demasiado. Ha contado con numerosas oportunidades para aportar pruebas.

La habitación empezó a encogerse, las paredes nos aprisionaban. De nada servía que hubiéramos obtenido aquella prueba y que contuviera la verdad, lo único importante era que no la había presentado de forma correcta, que no había seguido el procedimiento adecuado. ¿Qué debía hacer? ¿Qué debíamos hacer? ¿Qué pasaría con las gallinas? ¿Quién le daría a la vieja oveja su rebanada de pan por las mañanas? ¿Cómo íbamos a empaquetar una granja en una semana? ¿Cómo íbamos a pagar el alquiler de una furgoneta? ¿Qué pasaría con las familias que habían reservado sus vacaciones? ¿Qué pasaría con los gatos, con mis hijos? ¿Cómo iba a decirles que acabábamos de perder su hogar? Nuestro hogar. Lo había perdido porque no conocía el procedimiento. Había cometido un simple error, uno básico: no había realizado una solicitud para presentar más pruebas. No sabía que fuera necesario. Estaba tan feliz, tan segura, que la había enviado sin más. Había echado a perder mi hoja de papel definitiva, con su blanca y perfecta verdad. Y ahora lo habíamos perdido todo. Sin un penique, sin un hogar.

Cerramos la puerta de la sala al salir y caminamos por el pasillo rígidos, en silencio. Miré al abogado en la habitación contigua y seguí andando, pero Moth entró. No, Moth, no. Moth, no le pegues. Podía sentir toda la ira, todo el estrés de los últimos tres años. Pero le extendió la mano.

—Está bien, sé que solo está haciendo su trabajo, pero ha sido una decisión equivocada. Lo sabe, ¿verdad?

El abogado estrechó la mano a Moth.

—La decisión la ha tomado el juez, no yo.

Aun así, no lloré; pero un aullido silencioso me agarró por dentro y me apretó con fuerza, dificultándome la respiración.

Me quedé de pie en el prado que había detrás de la casa, bajo el retorcido fresno, donde los niños habían construido un iglú durante la gran nevada de 1996. Dividí una rebanada de pan blanco en seis trozos, un ritual que había marcado el comienzo de cada nuevo día durante los últimos diecinueve años. La vieja oveja olisqueó mi mano y tomó el pan con sus suaves labios: diecinueve años, sin dientes, pero todavía conservaba su buen apetito. Los niños habían decidido llamarla Smotyn, que significa «lunares» en galés. Ahora era una oveja vieja y gruñona, con un desaliñado vellón blanco y negro y dos cuernos retorcidos. Bueno, en realidad solo le quedaba uno, se había roto el otro unos años antes en un intento desesperado por introducirse en un cubo de comida. Tom se había quedado el cuerno, estaba guardado en la caja de los tesoros que se había llevado consigo cuando se marchó a la universidad, junto con sus fósiles y las cartas de Pokémon. Cuando Rowan tenía tres años, hicimos un viaje de sesenta y cinco kilómetros en nuestra pequeña furgoneta. Compramos tres corderitas asustadas con la piel salpicada de manchas en una granja en la ladera de una colina con vistas al mar. Rowan se puso a chillar muy enfadada porque no le dejaba sentarse con ellas, así que al final cedí y volví a casa con las cuatro juntas sobre la paja que había esparcido en la parte de atrás de la furgoneta. Desde ese momento, formaron parte de nuestras vidas, de nuestra familia. Tuvieron muchos corderos a lo largo de los años, pero ahora solo quedaba Smotyn; sus hermanas se habían muerto y el resto de las ovejas se las había vendido a otro granjero el año anterior, cuando el proceso judicial había llegado a tal punto que pensábamos que no podríamos aguantar más y estábamos a punto de perder. Pero había sido incapaz de dejar a Smotyn: a su edad, no habría nadie dispuesto a quedarse con ella. El tiempo de vida medio de una oveja es de unos seis o siete años antes de que se convierta en comida para perros o albóndigas. El día después de la sentencia, llevé las gallinas a un amigo, pero no había sitio para Smotyn. Se alejó por el campo envuelta en nubes de semillas de dientes de león hasta que llegó a la zona de las hayas, donde la hierba siempre estaba seca. Ambas conocíamos aquel terreno como si fuera una extensión de nosotras mismas. ¿Cómo podría cualquiera de las dos vivir sin él?

En cinco días nos quedaríamos sin hogar. Entonces lo sabríamos.

Lo que no sabía, lo que no podía saber, era que mi vida no iba a tardar ni cinco días en cambiar para siempre, que todo lo que me mantenía estable se convertiría en arenas movedizas bajo mis pies. Ocurriría al día siguiente.

Estábamos en la sala de consulta de un hospital en Liverpool. Por fin íbamos a obtener los resultados de años de procrastinación médica y sabríamos cuál era la causa del dolor en el hombro de Moth. Después de una vida dedicada al trabajo físico, un médico había dictaminado: «El dolor es normal, cabe esperar que le duela al levantar los brazos y que tropiece un poco al caminar». Otros se habían interesado por un ligero temblor en la mano y cierto adormecimiento en su rostro. Pero este médico era lo más, el mejor en su campo, no había trampa ni cartón. Nos aclararía si se trataba de una lesión en los ligamentos o algo parecido y nos diría cómo solucionarlo, nos explicaría si era consecuencia de una caída de Moth desde el tejado del granero cuando este se rompió hacía años; tal vez se hubiera producido una pequeña fractura entonces. Seguro que nos daría una solución para sanarla. Se sentaría con aplomo detrás de su escritorio y eso es lo que nos diría. Sin ninguna duda.

Apenas habíamos hablado durante el largo trayecto a Liverpool, cada uno inmerso en su propio lodazal de shock y agotamiento. Los días transcurridos desde el juicio habían sido una mezcla de cajas de embalaje y hogueras, de interminables llamadas telefónicas y angustia. Nos habíamos dado cuenta de que no teníamos adónde ir. Había ocurrido lo peor que podía haber pasado. Este viaje de ida y vuelta de siete horas era algo que no necesitábamos en absoluto. Cada hora era valiosa, sesenta minutos más para terminar de empaquetar, para continuar a salvo entre aquellas paredes. Los incesantes desplazamientos a las salas de espera de los médicos habían comenzado seis años antes. Sentía un dolor agotador en el hombro y el brazo seguido de un temblor que comenzaba en la mano. Los doctores en un principio creyeron que tenía la enfermedad de Parkinson, pero cuando se demostró que no era así pasaron a pensar que podría tratarse de un daño neurológico. Era una sala de consulta como cualquier otra: un cubículo cuadrado, blanco, desprovisto de emociones y con vistas al aparcamiento. Sin embargo, el médico no se atrincheró detrás de su escritorio, sino que se sentó en la esquina de la mesa junto a Moth, le puso una mano en el hombro y le preguntó cómo se encontraba. Algo iba mal. Los médicos no actúan así. Ni uno solo de los médicos que habíamos visto, que habían sido unos cuantos, se había comportado jamás de esa forma.

—Lo mejor que puedo hacer por usted, Moth, es darle un diagnóstico.

No, no, no, no, no. No diga nada más, no hable, algo espantoso está a punto de salir de sus labios finos y engreídos, no los abra, no hable.

—Creo que sufre una degeneración corticobasal. No podemos estar absolutamente seguros del diagnóstico. No hay ninguna prueba que lo confirme, solo podremos saberlo cuando realicemos la autopsia.

—¿Autopsia? ¿Cuándo cree que será eso?

Moth abrió las manos todo lo que pudo y se agarró los muslos con sus grandes dedos.

—Normalmente, entre seis y ocho años desde que se declara la enfermedad, pero en su caso parece que progresa muy lentamente, porque ya han pasado seis años desde que aparecieron los primeros dolores.

—Entonces debe de estar equivocado. Será otra cosa.

Podía sentir cómo el estómago me subía por la garganta y la habitación se difuminaba ante mis ojos.

El médico me miró y comenzó a explicarme, como si fuera una niña, esa rara enfermedad cerebral degenerativa que se llevaría al hombre maravilloso a quien yo había amado desde que era adolescente, que destruiría su cuerpo y su mente a medida que lo iría sumiendo en la confusión y la demencia, y que terminaría impidiéndole tragar probablemente hasta que muriera asfixiado con su propia saliva. No había remedio, absolutamente nada que se pudiera hacer al respecto. Casi no podía respirar. La habitación flotaba. No, Moth no, no os lo llevéis a él, no os lo podéis llevar, él lo es todo, todo, todo de mí. No. Trataba de mantener una expresión serena, pero por dentro gritaba presa del pánico, como una abeja golpeándose repetidamente contra un cristal. El mundo real estaba allí, pero de repente había quedado fuera de mi alcance.

—Pero podría estar equivocado.

¿De qué estaba hablando? No íbamos a morir de esa forma. No era la vida de Moth, era nuestra vida. Éramos un solo ser fusionado, enredado, molecular. Cuando tuviéramos noventa y cinco años, en la cima de una montaña después de ver amanecer, simplemente nos iríamos a dormir. Nada de morir ahogado en la cama de un hospital. Nada de estar separados, solos.

—Se equivoca.

En el aparcamiento del hospital, dentro de la furgoneta, nos abrazamos sin soltarnos, como si la simple acción de juntar nuestros cuerpos pudiera detener todo aquello. Si entre los dos no pasaba ni un rayo de luz, entonces nada podría separarnos, aquello no sería real y no tendríamos que hacerle frente. Lágrimas silenciosas rodaban por las mejillas de Moth, pero yo no lloraba, no podía. Llorar significaba claudicar ante un río de dolor que me arrastraría. Habíamos vivido juntos toda nuestra vida adulta. Con cada sueño, cada plan, cada éxito y fracaso habíamos sido dos mitades de una vida entera. Nunca separados, nunca solos, siempre uno.

No había medicamentos que pudieran detener la progresión de la enfermedad, no existía ninguna terapia que la mantuviera a raya. La única posibilidad era un fármaco llamado pregabalina que ayudaba a aliviar el dolor, pero Moth ya lo estaba tomando. No había nada más. Deseaba con todas mis fuerzas entrar en la farmacia y salir con una caja mágica, cualquier medicina que detuviera el avance destructor que estaba arrollando nuestra vida.

—La fisioterapia lo ayudará con la rigidez —había anunciado el médico.

Sin embargo, Moth ya seguía una rutina diaria de fisioterapia. Quizá no era suficiente. Tal vez si hiciera más, podría frenar el avance de la enfermedad. Me agarraba a cada brizna de esperanza, al hilo más débil capaz de sacarme de esa sofocante bruma de conmoción. Pero no había ningún hilo, ninguna mano a la que sujetarme que me pusiera a salvo, ninguna voz tranquilizadora que afirmara que todo estaba bien, que solo se trataba de un mal sueño. Únicamente estábamos nosotros dos aferrándonos a la realidad, el uno al otro, en el aparcamiento de un hospital.

—No puedes estar enfermo. Aún te quiero.

Como si el simple hecho de amarlo fuese suficiente. Siempre había sido suficiente, siempre había sido todo lo que había necesitado, pero ahora eso no nos salvaría. La primera vez que Moth había declarado que me quería también había sido la primera vez que escuchaba esas palabras. Antes nadie me había dicho que me quería, ni mis padres ni mis amigos, él había sido el primero y sus palabras me habían elevado, me habían hecho brillar y resplandecer durante los siguientes treinta y dos años de mi vida. Pero las palabras carecían de poder para impedir la autodestrucción del cerebro de Moth, para evitar que una proteína llamada tau se acumulara en las celdas y bloqueara las conexiones.

—Se equivoca. Estoy segura de que está equivocado.

Tenía que estarlo. El juez se había equivocado, de modo que ¿por qué no podía equivocarse el médico?

—No puedo pensar, no puedo sentir…

—Entonces vamos a pensar que se equivoca. Si nos negamos a creerlo, podremos seguir adelante y hacer como si esto no fuera real.

No podía dejarlo entrar. Nada tenía sentido, nada era real.

—Puede que se equivoque, pero ¿y si tiene razón? ¿Y si llegamos a esa etapa final de la que hablaba? No puedo pensar en eso, no quiero…

—No llegaremos a ese punto. No sé cómo, pero vamos a luchar contra esto.

No creo en Dios ni en ninguna fuerza superior. Vivimos y morimos. El ciclo del carbono sigue su curso. Pero, por favor, Dios, no dejes que lleguemos a ese punto. Si Él existía, acababa de arrancar de cuajo las raíces de mi vida, poniendo patas arriba mi existencia. Volvimos a casa con la música a todo volumen, escondiéndonos en el ruido. Las montañas caían a mis pies y el mar se estrellaba sobre mi cabeza, mi mundo estaba al revés. Cuando la furgoneta al fin se detuvo, salí de ella haciendo el pino.

Me atormentaban pensamientos angustiosos. Después de conocer el diagnóstico, pasé semanas en las que cada noche me despertaba empapada en un sudor frío con la cabeza palpitando, aterrorizada por pesadillas en las que Moth moría ahogado por los mocos. Imágenes de su cuello hinchado, la mandíbula deformada y Moth luchando por aspirar aire hasta que se asfixiaba, mientras los niños y yo mirábamos impotentes.

Las golondrinas llegaban con retraso. Solas o en pareja, finalmente habían encontrado el camino a casa después de un viaje heroico, de lanzarse en picado sobre las hayas y atiborrarse de insectos. ¡Quién fuera golondrina!, ¡ser libre para volar y volver a casa cuando quisiera! Partí el pan para Smotyn y salí a la fresca mañana de junio. La brisa, suave y ligera, acariciaba mi rostro con la promesa de un bonito día por delante. Me subí al travesaño entre las ramas del seto de peras silvestres. Lo había comprado en las rebajas de un vivero pensando que era un seto de haya, pero le habían salido hojas pequeñas, espinas y no daba nada. Además, mostraba su mal carácter cada vez que me subía al travesaño. Me rasqué las heridas del brazo, las nuevas entre otras ya cicatrizadas. No merecía la pena podarlo. El campo rezumaba calor y un olor dulzón anunciaba que los tréboles estaban floreciendo. Los topos habían vuelto a hacer de las suyas por la noche y montones de tierra laboriosamente removida se extendían en medio de la finca. Instintivamente, los aplasté a pisotones, porque aún me preocupaba el bienestar de la tierra, de nuestra tierra. Moth había recuperado este terreno de las garras de la maleza. Después de rechazar el uso de los pesticidas y sin maquinaria de ningún tipo en esa primera fase, había segado con la guadaña ocho mil metros cuadrados de tierra, había rastrillado la broza y arrancado las ortigas. Había reparado la cerca que rodeaba el terreno, reemplazando cuidadosamente cientos de piedras en unos muros que llevaban décadas abandonados. Allí era donde los hijos de los visitantes iban a recoger los huevos recién puestos de las gallinas y donde daban de comer a los corderitos en primavera. Allí habíamos jugado un sinfín de partidas de críquet, nos habíamos tumbado en la hierba crecida antes de cortarla para obtener heno y habíamos contemplado las estrellas fugaces en el oscuro cielo de verano. Era nuestra tierra.

Smotyn no apareció. Siempre se acercaba al travesaño a buscar su rebanada de pan. Todos los días. Mientras trataba de localizarla en el prado, ya sabía lo que me iba a encontrar. Estaba en su sitio favorito, bajo las hayas, con la cabeza tendida en la hierba como si durmiera. Ella lo sabía. Sabía que no podía dejar su campito, su sitio, y simplemente se había muerto. Había apoyado la cabeza sobre la hierba, había cerrado los ojos y había muerto. Me llegó una especie de contracción avasalladora e incontrolable mientras abrazaba su cara peluda y acariciaba por última vez el cuerno retorcido. Me acurruqué en la hierba junto a ella y lloré. Lloré hasta que mi cuerpo se cansó, agotado, sin lágrimas, consumido por la pérdida. La hierba envolvía mi rostro y me quedé tumbada bajo las hayas tratando de morir, de dejarme ir y ser libre, igual que Smotyn, libre para volar con las golondrinas y no tener que afrontar que debía marcharme de ese lugar ni cómo se marchitaba Moth. Déjame morir ahora, deja que sea yo la que se vaya, no permitas que me quede sola, deja que muera.

Cogí la pala y empecé a cavar para enterrar a Smotyn junto a sus hermanas, en su prado. Moth se acercó e hicimos el agujero juntos, en silencio, negándonos a hablar, a aceptar el hoyo a medida que iba creciendo. La oscuridad que habíamos contemplado el día anterior resultaba aún demasiado impactante, demasiado reciente para admitir su existencia, ni siquiera como posibilidad. Cubrí su cabeza con un paño, porque no éramos capaces de ver cómo caía la tierra sobre su cara. Se había marchado. Todo había terminado. Con ella enterrábamos el sueño que había supuesto la granja.