EL MAYORAZGO

 

 

 

E.T.A. Hoffmann

 

Traducción de Jorge Seca

Título original: Das Majorat

© de la presentación: Marisa Siguan

© de la traducción: Jorge Seca

Edición en ebook: septiembre de 2013

 

© Nórdica Libros, S.L.

C/ Fuerte de Navidad, 11, 1.º B 28044 Madrid (España)

www.nordicalibros.com

ISBN DIGITAL: 978-84-15717-59-1

Diseño de colección: Marisa Rodríguez

Corrección ortotipográfica: Ana Patrón

Maquetación ebook: Caurina Diseño Gráfico

Contenido

Portadilla

Créditos

Autor

 

Ilustración

Prólogo

El mayorazgo

Contraportada

E.T.A. Hoffman

(Königsberg, 1776 - Berlín, 1822)


Escritor y compositor alemán. Hijo de un abogado, su tercer nombre era originalmente Wilhelm, pero más tarde adoptó el de Amadeus en honor a Mozart.

Estudió derecho en Königsberg. Vivió en Varsovia, donde creó una orquesta y se dedicó a componer.

En 1814 aceptó el cargo de Consejero de Justicia del Tribunal de Berlín, sin que por ello se resintiera su ingente producción literaria de aquellos años.

Su fama se debe más a su obra como escritor que a sus composiciones. Adscrito al Romanticismo, donde más destacó su gran personalidad fue en sus cuentos fantásticos, en los que se mezclan el misterio y el horror, y que han alcanzado fama universal. En ellos crea una atmósfera en ocasiones de pesadilla alucinante y aborda temas como el desdoblamiento de la personalidad, la locura y el mundo de los sueños, que ejercieron gran influencia en escritores como Víctor Hugo, Edgar Allan Poe y el primer Dostoievski.

Caspar David Friedrich, La tumba de Hutten

Prólogo

Marisa Siguan

En un paisaje duro y baldío, inhóspito, arenoso, se eleva, cercano al mar, el castillo de R...sitten, sede de la familia de R... Un marco que contiene todos los elementos clásicos de la narración de terror, sitúa al lector de El mayorazgo en un horizonte lleno de amenazas y le abre unas expectativas determinadas: la seguridad de asistir a un suceso terrorífico.

Tranquilizado por el sentimiento de sumergirse en la percepción de algo inquietante que no le atañe, el lector se prepara para una aventura emocionante y desafecta, llena de horrores controlados y previsibles. Pero no cuenta con Hoffmann. No cuenta con que muy pronto, al introducirse en la narración, se reducirá al mínimo la distancia entre lector y novela, desaparecerán los límites que a este le parecían tan evidentes y establecidos entre el mundo real y lo fantástico, entre la cotidianeidad y lo desconocido, entre la realidad controlada y el terror.

En El mayorazgo, la aparición de lo terrible es ciertamente previsible. Está implicada en las perspectivas literarias del género, y en el título que Hoffmann dio al conjunto de narraciones del que forma parte: Nachtstücke (Piezas nocturnas). Son obras que oponen la noche del abismo interior, de la irracionalidad, del subconsciente, al día, al sol de la razón y justifican la calificación de Hoffmann como romántico. Se publicaron en 1817.

Novalis, un autor romántico que murió en 1801, cuando Hoffmann aún no había empezado a escribir, también escribió en el límite del conocimiento racional humano, también se asomó al abismo y a la noche. Pretendía recuperarlos para la poesía, redimirlos para la realidad por medio del lenguaje mágico del poema, del cuento. Para Novalis, sin embargo, y a diferencia de Hoffmann, el camino a la noche y al abismo era un camino que se realiza en función de la vuelta al día, en función del conocimiento.

El abismo es conjurable, el horror es redimible, propondrá Novalis en sus obras, a pesar de ser un poeta que construyó su propia vida como fragmento alrededor de la noche, de la muerte.

Podríamos imaginar a Hoffmann, funcionario de la justicia prusiana, escritor y músico, sentado frente a Novalis, que era empleado de salinas y poeta, en una conversación ficticia. Hoffmann, de aspecto algo alocado y demoníaco, tal como lo describen sus contemporáneos, miraría con escepticismo, sirviéndose en abundancia ponche caliente, al joven Novalis, de aspecto delicado y frágil.

Ambos hombres representan dos maneras opuestas de representar lo nocturno en la literatura romántica. Pero ambos coincidirían en un aspecto: llevan una vida laboral que está en conflicto permanente con sus intereses privados y artísticos.

En esa discusión imaginaria, Hoffmann podría exponer su desesperada ansia de conciliación entre el mundo de su ejercicio laboral y el de su creación artística. En su caso, la creación artística era variada: comprendía la música, la literatura, el dibujo. Hoffmann le discutiría inmediatamente a Novalis la visión edulcorada del mundo de lo nocturno, negaría la posibilidad de redimir la realidad mediante la palabra poética resuelta en cuento alegórico, negaría la visión propuesta por Novalis de la Edad Media, deudora de unas instituciones que históricamente han demostrado su incapacidad para la redención del ser humano.

Lo fantástico no sobreviene para Hoffmann exclusivamente a partir del mundo del sueño o del cuento, de la alegoría, de lo literario. Lo fantástico está presente en la realidad cotidiana, forma parte de ella como posibilidad amenazadora, como puerta abierta a todas las eventualidades, como sufrimiento de todo tipo, como exponente de las pasiones más ocultas y radicales del ser humano.

Es fácil ver al propio Hoffmann como personaje de espectacular doble vida en el Berlín ordenado y majestuoso en donde escribe sus Piezas nocturnas. Hoffmann llega a Berlín en el año 1814 y su misma llegada ya está marcada por la ambivalencia. Por un lado, le llena de alegría llegar a la capital. Por otro, esta llegada supone la vuelta al trabajo como magistrado, el fracaso de sus tentativas de ganarse la vida como músico en Bamberg. Sus estudios de derecho, su carrera en el ámbito de la administración de justicia le habían supuesto desde siempre un trauma, un ganapán necesario que le apartaba de sus intereses reales, artísticos, musicales. «Mis estudios van lentos y tristes, he de obligarme a ser un jurista...», había escrito a su amigo de juventud Hippel mientras estudiaba en Königsberg, en 1795.

Sus inicios laborales habían sido penosos; fue víctima de represalias y trasladado como castigo a la pequeña ciudad polaca de Plock cuando se descubrió que era el autor de una serie de mordaces caricaturas de sus superiores y su entorno. La conquista napoleónica le había dejado temporalmente sin trabajo. Un intento de ejercer su vocación musical y ganarse la vida con ello en Bamberg había acabado resultando un fracaso. De esta «época de oscuridad aqueróntica» es el siguiente «kreislerianum», comentario sobre Kreisler, el personaje literario que Hoffmann construyó como doble de sí mismo: «Él vivía solamente en su arte, y solamente en él caminaba a través de la vida; pero un tiempo fatal y difícil ha tomado al hombre con puño férreo, y el dolor le arranca sonidos que le solían ser extraños».

La llegada de Hoffmann a Berlín en 1814 supone una vuelta al mundo de la justicia, a la par que a la gran ciudad, en condiciones precarias.

Hoffmann pronto se hace notar. De día como magistrado (acaba siendo nombrado miembro titular y por tanto con sueldo), concienzudo, detallista, honrado, que ejerce impecablemente su labor aunque no exactamente en el sentido que se pretende de él. De noche actúa como noctámbulo recalcitrante, bebedor de ponche, asiduo del local Lutter und Wegner o del Café Royal, endeudado hasta el punto de escribir artículos de propaganda para este Café firmados con el pseudónimo de «Kleophas Wenzel, miembro honorario de las sociedades gastronómicas de Berlín y Pekín», observador implacable de su entorno, músico y escritor. Entra en relación con miembros de la segunda generación de románticos, con Brentano, Chamisso y el barón de la Motte-Fouqué, autor del texto para la ópera Undine, que compone Hoffmann.

Undine fue estrenada en el Neue Schauspielhaus con espectaculares decorados del arquitecto y pintor Schinkel, tuvo un inmenso éxito y elevó inmediatamente a la fama a su compositor. Sin embargo, también este episodio de éxito en la vida del autor esconde un doble rostro inquietante: tras las primeras representaciones, se incendió el recién construido teatro, y el fuego lo consumió prácticamente hasta sus cimientos. Una vez asegurado que el fuego no se expandía a los edificios vecinos, el inmenso incendio se convirtió en un espectáculo al que asistió todo Berlín; Hoffmann, que vivía enfrente del teatro, tuvo un puesto privilegiado para observarlo. Con el incendio desaparecieron los decorados y se interrumpió obligadamente la representación de la obra. El suceso bien podría formar parte de una de sus obras, de hecho en ellas la presencia amenazadora de incendios, fuegos o fuegos de artificio es frecuente.

A estas alturas, Hoffmann era ya una celebridad berlinesa. Un hombre público que, como tantos de sus personajes, llevaba una existencia desdoblada. Su actitud ácida, satírica, como dibujante y escritor, servía de respuesta a la percepción del fragilísimo suelo de apariencias morales sobre el que se movía la sociedad de su época, vehiculizaba la percepción del abismo.

Los historiadores de la literatura, empeñados en poner a los autores en casillas, siempre han tenido dificultades con Hoffmann. Se le sitúa entre Romanticismo y Realismo, como representante del «Romanticismo Negro», como escritor que anticipa elementos descriptivos del Realismo. Como siempre en estos casos, las casillas encorsetan al autor reduciendo las posibilidades de interpretación de su obra. Hoffmann es todo lo propuesto y más. Es él mismo, con una percepción del mundo anclada en el Romanticismo en algunos de los rasgos más modernos y perdurables que el Romanticismo tiene para nosotros. Entre esos rasgos estaría la experiencia de la fragmentación y de la ambivalencia de una realidad que ya no se puede definir como algo claro y unívocamente perceptible; estaría la percepción de los abismos de nocturnidad del alma. Como Novalis, también Hoffmann levanta el velo del saber y pone en relación arte, belleza y terror. «Te mueves sobre una fina capa de hielo», advierte el anciano y equilibrado tío al joven e inexperto protagonista de El mayorazgo, apasionadamente enamorado.

El mayorazgo describe dos experiencias de una misma realidad: la equilibrada, externa, pero activa, del anciano y la implicada, apasionada, nocturna, del joven. Y más allá del final conciliador, de la superación vital del conflicto en cierto modo iniciático para el joven, ambas perspectivas continúan su diálogo: el lector, la lectora, se convierten al leer en personajes implicados en una historia nocturna, donde dominan los negros y grises, la pasión y la música, que constituye el único descanso emocional concedido a los personajes. La estructura de perspectivas y la trama de historias narradas, en cierto modo una estructura de contrapunto narrativo, que también remite a la música, nos arrastra hacia un desenlace cerrado, ciertamente, pero donde continúan vibrando las voces del diálogo no resuelto, irresoluble, que cada lector ha de concluir por sí mismo.

Marisa Siguan