CUANDO SILBO

V.1: agosto, 2015


Título original: 口笛をふく時

© Shusaku Endo, 1979

© de la traducción, Vicky Vázquez, 2013

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2015


Diseño de cubierta: www.genisrovira.com


Publicado por Ático de los Libros

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ISBN: 978-84-16222-17-9

IBIC: FA

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CUANDO SILBO

Shusaku Endo


Traducción de Vicky Vázquez


1

1. La Escuela Superior Nada

«Estábamos en la hora de estudio cuando entró el director seguido de un chico nuevo, que llevaba un atuendo provinciano, y de un bedel que traía un gran pupitre consigo. Los que estaban dormitando se espabilaron y todo el mundo se puso de pie, fingiendo que les habían interrumpido en su tarea.

El director nos indicó por señas que podíamos volver a sentarnos y luego se dirigió al jefe de estudios.

—Señor Roger —le dijo a media voz—, le traigo a este alumno para que se encargue de él. Va a entrar en quinto. Si aprieta en el estudio y se porta bien, se le podrá pasar a la clase de los mayores, que es la que le corresponde por su edad.

El nuevo, a quien casi no habíamos podido ver porque se había quedado en un rincón, detrás de la puerta, era un chico de pueblo, como de unos quince años, y más alto que cualquiera de nosotros. Llevaba flequillo, como un cura de aldea, y tenía un aire modoso y encogido.»

Madame Bovary, la novela de Flaubert, empieza con esta escena. Esta tarde, en el tren bala, mientras Ozu rebobinaba la película en su mente, la escena que reflotó lentamente en su memoria, como si se tratara de una burbuja, también pertenecía al día en que había llegado a clase un estudiante nuevo.

Fue durante la asignatura de Arte. Ozu y los demás estudiantes de la clase C del tercer curso reprimían bostezos al escuchar las explicaciones del viejo profesor al que llamaban La Sombra.

—Veréis, el pintor inglés Turner… No importaban los contratiempos que tuviera, sabéis… —Inclinaba la cabeza hacia atrás y podía verse a través del pelo fino su bronceado cuero cabelludo—. Nunca flaqueaba, ¿sabéis? Por ejemplo…

Desgraciadamente, Ozu no recordaba en absoluto cómo había continuado la explicación de La Sombra. En momentos como ese, Ozu, al igual que el resto de sus compañeros de la clase C, había sido uno de los que bostezaban y se metían el dedo en la nariz.

Los estudiantes de Nada que tenían mejores notas acababan en la clase A. Los estudiantes menos buenos en la clase B. Los que no tenían remedio iban directos a las clases C y D.

—Turner se esforzaba mucho. De modo que si vosotros hacéis un esfuerzo… podréis acabar en la clase A el próximo año.

La Sombra decía estas palabras con el propósito de animarles, pero nadie le escuchaba. ¡Si la clase durara un minuto menos! ¡Si llegara de una vez la hora de comer! Eso era lo único en lo que pensaban.

—¡Ahhh, ahhh! —De pronto, un estudiante que estaba sentado en el centro de la clase dejó escapar un bostezo de lo más ruidoso, como el bramido de una vaca.

—¿Quién ha sido? —La Sombra estaba furioso—. ¡Esos sonidos tan maleducados son… indecentes!

En ese preciso instante se abrió la puerta y apareció el subdirector con un estudiante nuevo. Exactamente igual que en la primera escena de Madame Bovary.

—Descanse. —El subdirector hizo un gesto con la barbilla para señalar al chico que llevaba un uniforme de color gris apagado—. Es un estudiante procedente de la Escuela Secundaria Kakogawa. Se llama Fletán.

Una risa sofocada procedente de las mesas recorrió el aula como las olas de un estanque al arrojar un guijarro. ¿Fletán? ¿Qué clase de nombre era ese? ¡Este chico tiene un nombre muy raro y una cara muy rara, como de pez!

El chico permaneció de pie a un lado del atril con la espalda arqueada y los ojos adormilados, como los ojos saltones de un pez en una pecera.

—Debéis ser amables con Fletán y ayudarle en todo hasta que se habitúe a la escuela. —La vista aguda del subdirector localizó un asiento vacío detrás de Ozu—. Siéntate ahí detrás por ahora y atiende a la lección en silencio.

De vez en cuando oían a través de la ventana la voz chillona del suboficial asignado a la escuela dando órdenes.

Sí. La guerra interminable contra China aún continuaba. Hacía poco que habían asignado a un comandante alistado para unirse a los dos instructores del Ejército retirados en Nada.

—Como veis, Turner…

Cuando se fue el subdirector, La Sombra ya había olvidado que estaba riñendo al estudiante que había bostezado, y volvió a sumergirse en las lecciones sobre la vida que tanto aburrían a sus alumnos.

Ozu no pudo evitar sentirse irritado, ya que el estudiante nuevo se balanceaba en la silla sin parar detrás de él. Lo que más le molestaba era el ligero olor que llenaba el ambiente tras de sí. Era un olor extraño, como una mezcla de rábanos y sudor.

—¡Eh!

De pronto, Ozu sintió un dedo dándole golpecitos en la espalda. Al volverse se topó con la cara con ojos de pez adormilado.

—¡Eh!

—¿Sí?

—¿Qué está enseñando ahora?

—Arte —respondió Ozu en voz baja para que La Sombra no lo oyera.

Se hizo el silencio. Durante ese rato se mantuvo la irritación de Ozu a causa de los crujidos que oía y el extraño e indescifrable olor.

—¡Eh!

De nuevo los golpecitos en la espalda.

—¡Qué!

—¿Qué hora es?

Ozu no respondió. Por muy estudiante de Kakogawa que sea, tenía mucha cara, dándome golpecitos en la espalda y fastidiándome con sus preguntas. ¡Qué desfachatez!

Sin previo aviso, se oyó un sonido largo, quejumbroso y ridículo cerca de la mesa de Fletán: «cooo-oooh». Ozu no fue el único en oírlo. El «cooo-oooh» que había sonado tan afligido, como si un pato se aclarara la garganta, retumbó dos veces seguidas por toda la clase, dejando a todos los estudiantes boquiabiertos. Se giraron hacia el sitio del que procedía, conteniendo la risa.

—¿Qué ha sido eso? —Con una expresión feroz, La Sombra agarró los bordes de su escritorio con ambas manos—. Quienquiera que haya hecho ese extraño sonido, ¡que se levante ahora mismo!

Fletán se levantó torpemente, con los ojos adormilados.

—¡Tú!

—Sí, señor —respondió Fletán con tristeza—. Me ha rugido la barriga.

Un torbellino de risas recorrió el aula, pero la expresión de La Sombra era despiadada.

—Yo no hice que rugiera. Mi barriga rugió por sí sola.

—¡Siéntate!

—Sí, señor. —Fletán se sentó en silencio. Nadie pudo seguir atendiendo la lección. Mientras el profesor continuaba con su «como veis, Turner», los estudiantes sacaban la lengua y hacían muecas, abriendo mucho la boca y girándose para mirar a Ozu y a Fletán.

—Como veis, Turner era un gran hombre…


* * *


Después de clase…

Los estudiantes salieron por la puerta principal de la escuela y atravesaron el pinar, volviendo a casa como una procesión de hormigas a lo largo de la carretera paralela al cauce del diminuto río Sumiyoshi. En aquella época los chicos de Kansai llevaban uniformes de color amarillo claro, polainas y unos zapatos pesados que parecían botas militares.

Aunque a primera vista eran idénticos, al observarlos de cerca era fácil distinguir a los estudiantes de la clase A de los de las clases C y D. Los chicos que se pavoneaban como gallos, con la cabeza alzada, avanzando hacia la estación de tren siguiendo las estrictas directrices de la escuela, eran por lo general los brillantes alumnos de la clase A. Algunos miraban tarjetas de vocabulario en inglés para memorizar palabras mientras caminaban.

Más atrás, los chicos que llevaban la mochila colgada del hombro despreocupadamente se hablaban a gritos con voces extrañas y se paraban de vez en cuando. Por supuesto, esos venían de las clases C y D.

Pero de forma inesperada, algo iba a pasar.

Al llegar al punto en el que la carretera paralela al río Sumiyoshi, que estaba seco salvo los días de lluvia, cruzaba con la carretera que conectaba Osaka y Kobe, la procesión de estudiantes aminoró la marcha repentinamente. Había un pequeño puesto que vendía bollitos de mermelada, y el olor dulzón de la confitura y la harina calentándose estimuló las fosas nasales de los hambrientos estudiantes. La escuela prohibía comer fuera, de modo que no debían pararse. Si les hubieran sorprendido en ese puesto, los habrían arrastrado hasta el despacho del director, y en el peor de los casos habrían sido expulsados durante un día.

Así que…

Cuando los estudiantes llegaron a este punto, aminoraron el paso y las fosas nasales se les ensancharon, dándose por satisfechos con el ligero olor.

Ozu, que aquel día caminaba un poco apartado de los otros, se unió a ellos. Aún estaba en edad de crecer y a las tres de la tarde tenía muchísima hambre. También él cerró los ojos e inhaló el dulce aroma.

Alguien le dio un golpecito en la espalda. Se giró. Era Fletán.

—¿Tienes diez sen? —murmuró Fletán, con los ojos soñolientos como de costumbre.

—Sí.

—¡Pues cómprate uno!

—No podemos —Ozu agitó la cabeza—. Si un profesor te pilla, la has hecho buena. Y algunos de los alumnos mayores hacen de espías. Me pillarían seguro.

—Sí, pero… —murmuró Fletán guiñando los ojos, incómodo— ¿qué tiene de malo comer algo que quieres comer?

—¡Pues que está mal!

—¿Qué tiene de malo comprar bollos?

—¡Pues que somos estudiantes de secundaria!

—Si está mal que un estudiante de secundaria compre bollos, ¿entonces quién puede comprarlos?

Ozu se quedó mirando la cara de pescado de Fletán y sus ojos soñolientos y no supo qué contestar.

Cuando pasaron por el puesto de los bollos, Ozu percibió un aroma diferente. Era el olor corporal habitual de Fletán.

—¿Tú te… bañas?

—¿Yo? No me gustan los baños.

Cuando llegaron a la carretera, Ozu preguntó:

—¿Vas a coger el tren? —Él iba a coger el tren marrón y destartalado que bajaba hasta la carretera de la escuela cada día.

—Sí —asintió Fletán.

—Yo vivo en Nishinomiya. Cojo el tren hasta San-chōme, en Nishinomiya.

—¿Ah sí? Yo vivo en Shukugawa.

—Shukugawa está en la misma dirección a la que voy yo.

Pero a Ozu no le hacía mucha gracia la idea de subirse al tren con este chico apestoso. Un grupo numeroso de chicas que estudiaban en Kōnan se subía una parada antes para volver a casa. ¿Qué cara pondrían cuando olieran la fragancia de rábano en vinagre que procedía de Fletán?

Aquellas chicas con sus uniformes blancos de marinero. Chicas jóvenes, de hombros redondos y pechos generosos. Por alguna razón, Ozu se ponía totalmente rígido cuando iba en el mismo tren que ellas. Aunque tenían la misma edad, las chicas eran cada día más bonitas, mientras que los chicos se volvían más y más feos. Les salían granos y les cambiaban las voces, y a veces Ozu deseaba poder ocultar su cuerpo flacucho de la vista de las chicas.

Cinco o seis estudiantes de Nada habían llegado ya a la parada y estaban esperando el tren.

—Al mediodía me entra mucha hambre —murmuró Fletán, afligido.

—¡No dejes que ruja tu estómago!

Un tren que parecía un viejo tranvía oxidado paró en la estación provocando un sonoro chirrido.

Ozu subió primero, intentando deshacerse de Fletán. Pero fue inútil. Fletán le pisaba los talones, sorbiéndose los mocos mientras se agarraba al asidero. Había tres chicas con uniforme de marinero sentadas frente a ellos. Las faldas les llegaban por las rodillas de manera decorosa.

—¡Esos bollos tenían una pinta! —exclamaba Fletán sin darse cuenta del bochorno que sentía Ozu—. Me gustan mucho las cosas dulces como esa, o el Calpis…

—Ajá.

Las chicas sofocaron una risita, dirigieron una mirada rápida a Ozu y Fletán y volvieron a bajar la vista.

—Mañana es el examen de mates, ¿sabes? —Ozu hacía lo posible por cambiar el rumbo de la conversación con Fletán, que seguía abstraído pensando en los bollos.

—¿Ah sí? —Fletán se limitó a pestañear y continuó—: ¡Mañana encontraré la forma de comprar unos bollos!

—Inténtalo y verás lo que pasa cuando te pille un profesor. ¡Te pillarán de verdad!

—No me pillarán… Voy a comprarlos.

—¿Cuándo?

—Pues… durante la clase —dijo Fletán con indiferencia.

«Este tipo es tonto», pensó Ozu.

Las chicas seguían con la vista baja, pero sin duda estaban escuchando la conversación. Sus mejillas coloradas temblaban a causa de las sonrisas burlonas.

Fletán se tambaleó ligeramente cuando el tren llegó a una curva. Las chicas con traje de marinero hicieron una mueca al percibir la combinación de olores de rábanos en vinagre y sudor.


* * *


Ah, sí. Así eran las cosas.

El tren bala se alejó de Nagoya y atravesó a toda velocidad un trecho de marisma sombría. Ozu observó la oscura cordillera y sonrió con tristeza al recordar la cara de un viejo amigo que ya no estaba en este mundo.

Era un tipo extraño.

¿Qué estaría haciendo ahora Fletán si siguiera vivo? ¿Sería un hombre de mediana edad, medio calvo y agotado como yo?

Al día siguiente, según recordó, trajo consigo a la escuela un gato…


* * *


Sí, al día siguiente tenían el examen de matemáticas. Antes de que comenzara la clase, Fletán volvió a susurrarle a Ozu:

—¡Voy a comprar unos bollos, de verdad!

—¡No lo hagas! ¡No puedes!

—Sí que puedo. He traído un gatito en una caja.

—¿Un gatito?

—Sí. Lo escondí detrás del campo de tiro con arco.

—¿Qué piensas hacer con un gato?

Fletán le dirigió una sonrisa astuta y movió la cabeza.

La primera clase era Historia. Después venía el examen de matemáticas. El hinchado profesor al que llamaban Pez Globo escribió los problemas en la pizarra y distribuyó las hojas de respuesta entre los alumnos.

Ozu echó un vistazo por encima a los problemas, pero de los cuatro que había, ni siquiera entendía dos de las preguntas. Miró a su alrededor. Hashimoto, el alumno que estaba sentado a su derecha, estaba haciéndole señales frenéticamente para que le dijera las respuestas. Ozu negó con la cabeza. Alguien dejó escapar un suspiro bastante audible.

Justo en ese momento se oyó un «miau» procedente de la ventana de la clase. Los estudiantes guardaron silencio por un instante oyendo cómo el gatito maullaba buscando a su madre, pero algunos de los chicos no tardaron en estallar en carcajadas.

—¿No podéis quedaros callados? —les riñó Pez Globo.

¡Miau! ¡Miau! ¡Miau!

El gato maullaba sin cesar debajo de la ventana.

—¡Profesor! —Un alumno se levantó. Su expresión era completamente seria—. ¡Por favor, haga algo con ese gato! Si no, no seré capaz de resolver los problemas por culpa del ruido!

—¡Sí! —Otros se unieron a la protesta—. ¡Es muy escandaloso, profesor!

El señor Pez Globo no tenía ni idea de qué hacer. Se acercó a la ventana e inclinó su enorme cuerpo para asomarse al otro lado.

En ese instante, Ozu notó cómo Fletán se movía detrás de él. No era posible que un tipo con unos ojos adormilados como los suyos fuera capaz de ser tan ágil. Antes de que los demás se dieran cuenta, Fletán ya había salido del aula.

El profesor se giró y contempló a sus mocosos con ojos tristes. Entonces se dirigió a uno de los estudiantes de la primera fila:

—Tú, sal y haz que se vaya ese gato.

—Si lo hago, no tendré tanto tiempo para hacer el examen como los demás. ¡No es justo!

El chico que había junto a él, un estudiante lleno de granos llamado Sonoda, levantó la mano y dijo mofándose:

—Profesor, si me pone un sobresaliente en el examen, me libraré de ese gato.

A los estudiantes de la clase C les encantaba ver las expresiones confusas y consternadas de sus desafortunados profesores. Habrían deseado que el gatito maullara aún más alto, si hubiera sido posible. O mejor aún, que aquel ridículo examen hubiera sido víctima del caos producido por el gato y no hubiera contado para nada. Los alumnos no estuvieron nunca tan unidos como en momentos así. Era entonces cuando ponían en práctica obedientemente el lema de la escuela que proclamaba el maestro Kanō: «Poder para el Bien: Gloria para Uno y para los Otros».

El señor Pez Globo observó con escepticismo al grupo de alumnos y dijo sin alzar la voz:

—¿Alguno de vosotros trajo a ese gato?

—¡Vaya idea! —respondió uno de los chicos con una voz extraña. Los demás le abuchearon, siguiéndole la corriente.

—¡No nos acuse de algo que no hemos hecho!

—¿No? Bueno, está bien, está bien. —El profesor de matemáticas alzó las manos para reprimir el ataque, que se asemejaba al de unas abejas enfadadas en una colmena—. ¡Silencio! ¡Seguid haciendo el examen!

—¿Y qué pasa con el gato?

—Yo me lo llevaré. Y escuchad, no quiero ninguna tontería en mi ausencia. Si intentáis hacer algo, me enteraré. —El señor Pez Globo se giró al llegar a la puerta para enfatizar sus palabras y entonces salió al pasillo a regañadientes.

Los gritos llenaron la clase.

—¡Maúlla más fuerte, más fuerte! —le decía uno de los chicos al gato. Algunos se apresuraron a copiar las respuestas de sus compañeros ignorando las advertencias:

—¡No copies esa! ¡Me he inventado la respuesta!

De todos los estudiantes, sólo Ozu estaba nervioso. Si Fletán no tenía cuidado podría toparse con el señor Pez Globo en la entrada. Si eso ocurría, el Fletán que acababa de llegar a la escuela sería castigado severamente.

¿Pero qué estaba haciendo?

Sólo con mirar a Fletán, Ozu apenas podía creer que un chico tan tonto y con unos ojos tan adormilados pudiera ser tan astuto.

Los maullidos del gatito que estaba bajo la ventana cesaron. El profesor de matemáticas lo había cogido y repetía: «Shh, shh».

—¡Profesor, lléveselo lejos de aquí! —gritó un chico en dirección a la ventana.

La puerta del aula se abrió en silencio y asomó la cara de Fletán, que parecía una castaña cubierta de gotas de sudor. Llevaba en la mano una bolsa de papel llena de bollos.

—¡Los tengo!

—¡Idiota! —dijo Ozu, haciendo un chasquido con la lengua—. ¿Qué piensas hacer si te pillan?

—¡No me pillarán!

—¿No te has encontrado al profesor?

—Lo vi venir hacia mí, pero corrí a esconderme. Por los pelos.

El olor fragante de los bollos flotaba desde la mesa de Fletán. El estómago de Ozu rugió.

—¡Dame uno!

—¡No! —replicó Fletán con frialdad—. «El que no quiera trabajar, que no coma». Pero te vendo uno por cinco sen.


* * *


Dos días después del examen de matemáticas, el señor Pez Globo castigó a Fletán delante de toda la clase.

Aunque la práctica se haya suprimido en las escuelas hoy en día, a menudo los estudiantes de aquella época recibían castigos físicos por parte de sus profesores. Nada no era una escuela atípica; el castigo físico era algo corriente en otros centros de secundaria. Ningún padre venía a quejarse porque su hijo hubiera sido agredido físicamente. Y un día después del castigo, los mismos estudiantes harían alguna otra trastada sin preocuparse, aunque acabara en otro castigo. Así eran las cosas en aquellos tiempos.

Aquel día en concreto, el señor Pez Globo entró en clase visiblemente nervioso.

—¡Levantaos! —exclamó Sakata, el delegado de clase. Los estudiantes se levantaron con poco entusiasmo uno o dos centímetros del asiento y volvieron a dejarse caer.

—Hoy… —El señor Pez Globo colocó en la mesa las hojas de respuesta del examen que habían hecho dos días antes y pasó la vista por la clase sin piedad— tengo algo que decir antes de empezar la clase. Nunca dije que tuviérais que sacar un sobresaliente en los exámenes, pero según los resultados del último, la nota más alta de la clase dista mucho de ser perfecta. Está por debajo del cincuenta por ciento.

Los chicos acercaron las cabezas como tortugas bebé y escucharon el sermón del profesor. Las charlas de este tipo eran muy frecuentes para los estudiantes de la clase C, por lo que ninguno se esforzó mucho por atender. Se sentían como un hombre que bosteza bajo un alero mientras espera a que pase el chaparrón repentino.

—Los estudiantes de la clase A hicieron el examen en veinte minutos. ¿Cómo os hace sentir eso? ¿No os da vergüenza oírlo?

—No mucho —murmuró Ozu para sí. Y no era el único: todos los alumnos pensaban lo mismo. «Jo, profesor. No hay ningún motivo para enfadarse tanto… Tómeselo con calma». Así era como se sentían. Que los estudiantes de la clase A empollen los libros. Nosotros lo haremos a nuestra manera, relajados y con calma.

—Pero el motivo de que esté tan enfadado hoy no es el hecho de que vuestras notas sean tan bajas como siempre. Me he resignado a aceptar que las clases C y D se nieguen a estudiar y saquen malas notas.

«Bueno, ¿entonces por qué está tan enfadado, profesor?».

—Lo que me enfurece de verdad… —el señor Pez Globo hizo una pausa— es que uno de vosotros escribió cosas frívolas y completamente insultantes en el examen. Atended todos. ¡Fletán, ven aquí!

Todos se dieron la vuelta sorprendidos. Al oír la llamada del profesor, Fletán caminó hacia el atril con los ojos adormilados.

—¿Tú eres Fletán?

—Sí, señor.

—Dile a todos lo que escribiste en la hoja de respuestas.

Fletán permaneció en silencio. Tenía el aspecto de siempre, como si fuera un pez muerto. El señor Pez Globo cogió la primera hoja de respuestas de la pila y le dijo a Fletán que la leyera.

—¿No vas a leerla?

—Eh… —Fletán cogió la hoja de respuestas y le susurró al señor Pez Globo—: Cuando dice «leerla», ¿se refiere a hacerlo en voz alta o para mí?

—¡Léela en voz alta!

—Yo, eh… —Fletán meneó la cabeza incómodo—. Me da vergüenza leerla. Lo escribí para que lo leyera usted, no para enseñárselo a todo el mundo.

—¡No me respondas! Si tus respuestas te dan tanta vergüenza como para no poder leerlas, ¿por qué las escribiste?

Los ojos de los demás alumnos estaban llenos de curiosidad e interés mientras escuchaban esta conversación entre el señor Pez Globo y Fletán.

—Vale, la leeré. «Demuestra las siguientes ecuaciones». —La voz de Fletán era como el zumbido débil de los mosquitos que rodean el borde de un alero—. «Dado el triángulo de ángulo recto con los lados x, y y z como se muestra en la ilustración, x2 más y2 es igual a z2».

—Esa es la pregunta. Ahora dinos cuál fue tu respuesta.

Fletán bajó los ojos y guardó silencio. Los demás chicos también guardaban silencio, aguantando la respiración.

—¡He dicho que qué escribiste!

—Sí, señor.

—Nada de «sí, señor». ¿Cuál fue tu respuesta a la pregunta?

—Eh… yo, eh… respondí: «Así es, yo también lo creo».

Al principio Ozu no entendió lo que estaba diciendo Fletán. Era obvio, a juzgar por las caras de los demás alumnos, que ellos estaban en las mismas. Pero de pronto cayeron en la cuenta. La respuesta de Fletán para todas las preguntas del examen de matemáticas había sido: «Así es, yo también lo creo», y nada más.

Las carcajadas retumbaron por toda la clase. Muchas de las travesuras de los chicos de la clase C habían hecho estallar la furia de sus profesores en el pasado, pero nadie había escrito nunca «así es, yo también lo creo» como respuesta en un examen.

—¡No os riáis! —gritó el señor Pez Globo a los estudiantes, furioso como nunca lo habían visto—. ¡Hay un límite a la hora de burlarse de un profesor! ¡Fletán, prepárate! —El profesor golpeó a Fletán en la mejilla con su enorme mano. Sonó como una galleta de arroz rompiéndose.

—¡Te quedarás ahí de pie durante una hora!

Los estudiantes de la clase C se comportaron especialmente bien durante el resto de la clase. Nadie escupió ni se pasaron imágenes cuestionables. Reprimieron sus bostezos con la vista baja y contemplaron con mirada ausente las figuras de la pizarra, que parecían jeroglíficos.

De vez en cuando Ozu miraba a Fletán, que seguía de pie junto al atril. Aunque acababan de abofetearle con fuerza hacía sólo un momento, Fletán mantenía su mirada adormilada. Daba pena verlo, como un burro atado a un árbol en una tarde abrasadora de verano.

«Me pregunto qué le estará pasando por la cabeza a ese tipo», se dijo Ozu.

Mientras el señor Pez Globo escribía números y dibujaba triángulos en la pizarra, de vez en cuando lanzaba miradas severas a Fletán, como si temiera que pudiera estar tramando algo. Ni siquiera entonces alteró Fletán su expresión plomiza.

Por fin la clase terminó. Cuando el profesor salió del aula, Fletán volvió a su asiento.

—¿En qué estabas pensando? —le preguntó Ozu.

Fletán bajó la vista y murmuró:

—¡Sigo pensando que mis respuestas estaban bien!

2. «A los siete años, segregar los sexos»

Desde aquel incidente, Fletán y Ozu, que era de naturaleza conservadora, se convirtieron en unos camaradas de lo más curiosos.

En su fuero interno Ozu estaba casi convencido de que Fletán era un completo idiota. Pero su otra mitad sentía algo que podría interpretarse como envidia por la astucia burlona de la que él carecía. Y Ozu no era el único en experimentar estas emociones; toda la clase comenzó a sentirse igual con respecto a este estudiante desaliñado y de ojos adormilados procedente de otra escuela.

—Eres muy raro. —Ozu y Fletán habían empezado a volver a casa juntos al salir de la escuela. Ozu entornó los ojos y observó a su sucio amigo y murmuró—: ¿Estás seguro de que no estás un poco chiflado?

—¡No me llames chiflado! —replicaba Fletán haciendo un mohín.

—Quizá no lo estás, pero los profesores no pegan a nadie tan a menudo como a ti. ¿No te duele?

—Claro que duele, pero me pegan tanto como lo hacían en mi antigua escuela, así que estoy acostumbrado.

—Como hoy en el entrenamiento. ¿Por qué lo has hecho? Sabías que acabarían pegándote si lo hacías.

—Sí, bueno, supongo que sí —asintió Fletán, con los ojos tan soñolientos como de costumbre. Pero aunque asentía con la cabeza, resultaba evidente, a juzgar por su expresión inmutable, que no se sentía avergonzado ni le preocupaba en lo más mínimo que acabaran pegándole.

Habían tenido entrenamiento aquella tarde. Un sargento mayor retirado llamado Hippo, que siempre llevaba un arco sin plumas en la mano, había ordenado a los estudiantes de la clase C que se arrastraran una y otra vez. El dolor que sentían en las rodillas y los brazos se hizo insoportable mientras agarraban el rifle y se arrastraban por el suelo cubierto de grava.

—¡Si seguís arrastrándoos como ranas aplastadas, os haré repetirlo una y otra vez! —Sus botas crujían mientras el entrenador Hippo vociferaba detrás de los alumnos—. ¡Los estudiantes de la clase A se movían con más energía! ¡No tenéis remedio!

¿Por qué tanto ruido? ¡Venga ya! ¡No puedo hacer esto con el estómago vacío! Los estudiantes refunfuñaban para sí, sin atreverse a decir nada en voz alta. Al terminar la sesión, el entrenador les hizo tomar posiciones para practicar la puntería. Los chicos dispararon desordenadamente utilizando la armería o los pinos como objetivo.

—Ahora entrenamiento de ataque. ¡Preparad las bayonetas!

¡Por Dios bendito! ¿Es que va a hacernos correr otra vez? ¿Por qué no suena la campana?

—¡Atacad!

Al cargar contra los otros, Ozu se dio cuenta de que Fletán estaba a su lado, corriendo de manera desordenada y haciendo ruido con los pesados zapatos. Después lo perdió de vista. Más tarde, cuando los estudiantes se pusieron en fila y recitaron sus números, el joven se había evaporado como un fantasma.

—¡Falta un hombre! —gritó el entrenador Hippo, primero con sorpresa, y después con nerviosismo—. ¿Dónde está?

Diez minutos más tarde, sacó a Fletán a rastras de la parte trasera de la armería. Se había escondido durante el ataque.

—Es que estaba agotado. Las piernas no me respondían.

Fletán guiñó los ojos mientras ponía excusas al entrenador Hippo. Pero evidentemente el sargento mayor le cruzó la cara con una mano que se asemejaba más a la garra de un oso.

Como de costumbre, aquel día Ozu subió al tren con Fletán.

Buscando a las chicas de Kōnan incesantemente, sus cuerpos se tensaron mientras se agarraban al asidero. Pero por algún motivo, en el tren no había nadie que llevara un uniforme de marinero.

—¿Por qué no vienes a mi casa hoy? —Fletán invitó a Ozu—. El Santuario Ebisu está al lado, y hay puestos que venden salchichas y dulces. ¡Es genial!

El Santuario Ebisu era el santuario Shinto más grande y más antiguo de Nishinomiya, y constituía un santuario oficial del gobierno de alta categoría. Ozu recordó que su madre solía llevarlos a él y a su hermano a rezar a un santuario para Año Nuevo.

—El viejo del puesto de las salchichas te cobra según el número de palitos que quedan después de que te las hayas comido. Pero no tiene muy buena vista, y el otro día tiré algunos palitos al suelo y no pareció darse cuenta. No se enteró de nada. —Fletán se agarraba del asidero con una mano mientras utilizaba la otra para explicar cómo se metía las salchichas en la boca. Ozu, que estaba hambriento, casi podía oler la salsa de las salchichas y el aceite caliente. Después agitó la cabeza con rapidez.

—Oh no. ¡No! Intenta asomarte a uno de esos puestos con el uniforme de la escuela. ¡Alguien te pillará seguro!

—Pues dejamos las mochilas y los sombreros en mi casa.

—¿En tu casa?

—Sí, no hay nadie salvo mi madre y mi hermana mayor.

—¿Tu padre está trabajando?

—Mi padre… —La soledad asomó a los ojos de Fletán por primera vez—. Murió cuando era pequeño.

—Oh. ¿Tu hermana va a la escuela?

—No. Se casó, pero ahora su marido está en el Ejército.

En la ventana del tren aparecieron hileras de casas bañadas por el pálido sol de la tarde. Ozu pensó en el día anterior, cuando había visto que un hombre de su vecindario se iba para unirse al Ejército y estaba rodeado de parientes y vecinos que ondeaban una bandera. Japón estaba luchando en arenas movedizas en esta guerra con un país que se encontraba muy lejos, al otro lado del mar.

—Venga, vamos a comprar unas salchichas. Tienes diez sen, ¿verdad? —preguntó Fletán.

—Sí, pero…

—Si no es suficiente, cogemos un libro de mi hermana y lo vendemos en una librería de segunda mano.

—¿De verdad haces cosas así?

—Sí, a veces.

El tren retumbó levemente y se detuvo para indicar a los estudiantes de otra escuela que subieran. Pertenecían a la Escuela Secundaria K. y por algún motivo no se llevaban bien con los estudiantes de Nada.

—¡Eh! «Calpis es el sabor de un joven amor». ¡Qué risa! —Uno de los chicos de la escuela K. vio a Ozu y Fletán y exclamó—: ¡Mirad! ¡Los chicos de la escuela Nada nos están mirando! —La mirada ausente de Fletán posada sobre ellos fue el pretexto que utilizaron para empezar una pelea.

—Ignóralos —dijo Ozu en voz baja—. Finge no haberlos visto.

Pero cuando el bando de Nada se limitó a no hacerles caso, sus oponentes estallaron de júbilo ante su éxito.

—¡Vaya olor! Esos tipos deben de haberse tirado un pedo o algo. ¡Apestan!

El resto de los pasajeros guardaron silencio, incómodos. Ozu susurró: «¡Vámonos!» a Fletán y ambos se dirigieron a la puerta del lado contrario. Si esto desembocaba en una pelea, tenían todas las de perder. Sus oponentes eran tres chicos corpulentos, y Fletán no sería de mucha ayuda.

Cuando el tren llegó a la siguiente parada, un bosquecillo de pinos junto al río Ashiya, Ozu salió disparado por la puerta. Fletán le siguió torpemente.

Un hilito de agua fluía por el lecho blanco del río. Un hombre atravesaba el bosquecillo en bicicleta.

—¡Nos están siguiendo! —susurró Fletán, mirando hacia atrás—. ¿Qué hacemos?

—¿A qué te refieres? —gritó Ozu enfadado—. Si nos enfrentamos a ellos nos aplastarán. Tenemos las de perder. ¿Crees que eres capaz de pelear?

—No, pero estoy acostumbrado a que me peguen, así que me da igual.

—¡A ti te dará igual, pero a mí no!

Había una valla de madera a su derecha. Las enormes mansiones de los ricos de Ashiya estaban alineadas en el vecindario. Por algún motivo no había un alma a la vista en la carretera larga y blanca que corría paralela a la orilla del río.

—¡Eh! ¡Esperad, chicos de Nada! —Los tres jóvenes que les seguían el rastro gritaron de pronto—. ¡Parad!

—¿Qué pasa? —Ozu no tuvo más remedio que girarse—. ¿Qué queréis?

—¿Os pensáis que podéis espiar a la gente y luego iros sin más?

—Sois vosotros los que empezasteis a espiar.

—¿Ah sí? ¡Si queréis empezar algo, nosotros lo terminaremos! —Uno de los chicos, que llevaba la mochila colgada al hombro, corrió en dirección a Ozu y Fletán e intentó bloquearles el camino—. ¡De cabeza al lecho del río!

—¡No! ¡Cobardes! Vosotros sois tres. ¿Vais a luchar tres contra dos?

—¡Bueno, entonces iremos uno contra uno! —Este chico parecía estar acostumbrado a las peleas. Colocó la mochila debajo de un pino y saltó hacia el lecho del río, que estaba lleno de malas hierbas y guijarros—. ¿Venís? ¡Uno contra uno!

Ozu no tuvo más remedio que soltar su mochila y quitarse la chaqueta. No confiaba en su habilidad para pelear, pero habiendo llegado tan lejos, tenía que resolver el asunto de una manera u otra. Mientras bajaba en dirección al río, Fletán cogió una piedra del borde de la carretera y se la tiró al oponente de Ozu.

—¡Au! —Desvió la piedra con el brazo y llamó a sus camaradas—. ¡Ese está tirando piedras! ¡El muy canalla!

Los otros dos chicos agarraron a Fletán por detrás y le sujetaron los brazos llevándolos a su espalda. Fletán forcejeó, gritando como una rana aplastada. Ozu atacó a su adversario, pero el chico le esquivó y le dio un golpe en la rodilla con sus enormes zapatos. Luchando uno contra el otro, rodaron por el lecho del río.

—¡Dejadlo ya! —gritó una ama de casa desde el otro lado de la orilla—. ¡Que venga alguien! ¡Unos escolares se están peleando!

Cinco minutos más tarde…

Ozu estaba tendido en el lecho del río, contemplando el cielo del atardecer. Sorprendidos por los gritos de la ama de casa, los chicos de la Escuela Secundaria K. habían golpeado y pateado a Ozu y Fletán y después huyeron como un torbellino.

Pero el disgusto y la tristeza de haber sido golpeado provocaron una cicatriz en el corazón de Ozu, como si lo hubieran marcado con un hierro candente. El humo de la humillación aún ardía en esa cicatriz.

—¡Idiotas! —murmuró, colocando ambas manos por debajo de la cabeza y observando el cielo azul—. ¡La próxima vez les partiré sus podridas cabezas en pequeños triángulos! —Pero Ozu era consciente de que su propia timidez le imposibilitaba vengarse, incluso en el caso de que volvieran a verse. Ser consciente de ello era lo que más le mortificaba.

—¡No lo olvidéis!

—Oh, déjalo ya —dijo Fletán de improviso detrás de él. A pesar de los golpes que habían recibido, el tono de su voz no había variado en lo más mínimo—. No vale la pena indignarse tanto por tan poca cosa.

—¿Quieres que las cosas sigan igual? Eres una desgracia para tu escuela. —Ozu no reflexionó en lo disparatado que resultaba tratar el tema del honor de la escuela en un contexto tan absurdo—. ¿Es que no tienes ningún tipo de orgullo escolar?

—No hay orgullo escolar en una pelea —respondió Fletán guiñando los ojos.

—Vale, déjalo pasar. ¡Pero un día les haré pagar esto!

—¿Tú? ¿Y cómo piensas hacerlo?

—Voy a pensar en una manera. «Porque me gusta pensar».

Ozu se levantó y miró a Fletán. El hombro de su uniforme estaba roto y la sangre rezumaba por el dorso de su mano.

—¡Eh, estás sangrando!

—No importa. Vámonos.

—¿No tienes un pañuelo?

—No.

—Se ha roto tu uniforme.

—Sí. Mi hermana volverá a coserlo.

Se pusieron en marcha y Fletán se lamió la herida del dorso de la mano como un perro.

La carretera blanca que seguía el curso del río en dirección a la estación era larga y, como siempre, no había nadie más.

—¿Te duele? —preguntó Ozu con preocupación. Fletán meneó la cabeza, con los ojos soñolientos. Ozu insistió—. La gente se dará cuenta cuando nos subamos al tren. ¿Por qué no compramos un apósito en una farmacia?

A lo lejos, el tren llegó a la parada y salieron dos chicas que llevaban uniformes de marinero. Empezaron a caminar hacia Ozu y Fletán balanceando sus bolsos rojos.

—¡Oh no! Vienen chicas de Kōnan. —Ozu se puso tieso y posó la mirada en el lecho del río mientras caminaba. En momentos así, cuando era consciente de la presencia de otros, no se sentía capaz de mirar a nadie directamente a la cara.

Al pasar junto a ellas, Ozu pensó que había sentido la blancura de sus uniformes de marinero rozando su piel, y percibió una fragancia dulce y amarga a la vez.

—¡Vaya! —exclamó una de las chicas.

Ozu no podía imaginar que en aquel momento se determinaría el rumbo de la vida de Fletán.

—¡Oh, vaya!

En los tres años que había estudiado en la escuela secundaria, Ozu nunca había intercambiado una palabra con una chica de Kōnan. Y ahora…

—¡Oh, vaya!

Eso dijo una de las chicas de uniforme blanco al pasar junto a Ozu y Fletán.

—Este chico se ha hecho daño. ¡Está sangrando!

Ozu se quedó helado por la sorpresa y permaneció tieso sin moverse.

—Sí. —Fletán, siendo como era, se apresuró a esconder la mano en su uniforme.

—Si haces eso te ensuciarás la ropa. —La chica que hablaba estaba bronceada y tenía los ojos grandes. Abría mucho los ojos y hablaba con él como si nada, como si se estuviera dirigiendo a su hermano. Las cosas no eran así. En aquella época estaba mal visto que un chico adolescente caminara con una chica o incluso intercambiara unas palabras con ella.

—Tienes una gasa, ¿no? La cogiste hoy en la enfermería —dijo, dirigiéndose a la otra chica—. Podemos dársela.

—Sí. —Su amiga era menuda y parecía amable. Empezó a rebuscar en su bolso y sacó algo—. Aquí está. —Le ofreció la gasa a Fletán—. Puedes usar esto.

Confuso, Fletán tartamudeó:

—Gra… gra… gracias.

—Oh, no, no puedes atarla de esa manera. Trae, yo lo haré por ti. —La chica de ojos grandes se acercó a Fletán, que permanecía inmóvil en la cima de la vergüenza. Ozu contemplaba la escena boquiabierto, sin poder creerlo.

—Ya está. Adiós. —Las chicas se fueron antes de que Fletán pudiera darles las gracias. Los dos chicos se quedaron inmóviles durante un rato, incapaces de decir una palabra.

Al fin Ozu habló.

—Oye, tú.

La gasa blanca envolvía la sucia mano derecha de Fletán. La blancura de la gasa le hacía daño a Ozu en los ojos.

—¡Ha sido… increíble!

—Ajá…

—¿Cómo que ajá? ¡No puedo creerlo! Apuesto a que eres el único alumno de Nada que ha conseguido que una chica de Kōnan haga algo así por él.

—¿Tú crees?

Las chicas ya estaban muy lejos. No se molestaron en mirar atrás.

—¿Qué estás mirando embobado como un idiota? Vámonos.

—¿Esas chicas —preguntó Fletán con la voz ronca— en qué curso están?

—No sé. Quizá en tercero o cuarto. Pero bueno, ¿qué has sentido cuando se ha acercado a ti y te ha puesto la gasa en la mano?

—Ha sido… como si estuviera soñando.

—No lo dudo. ¡No lo dudo! ¡Definitivamente ha sido algo más que un sueño!

Después de subir al tren, Fletán, con sus ojos adormilados, aún permanecía en silencio.

—Vaya, ¡es verdad eso de que una herida puede acabar dándote suerte! —dijo Ozu.

—Ajá.

—¿Eso es todo lo que puedes decir? ¿«Ajá»? Chico, ¡realmente tienes un problema!


* * *


Así empezó todo. Ese fue el comienzo.

Al aproximarse a Kyoto, el tren pasó junto a un lago y entró en un túnel. Algunos de los pasajeros bajaron sus maletas del compartimento superior y se prepararon para bajar.

Los recuerdos de hacía treinta años, acompañados de una nostalgia agridulce, volvieron a la vida en el corazón de Ozu. Recordó con una claridad dolorosa la cara poco impresionante de Fletán y su indescriptible olor corporal. Cosas que había olvidado entre los recuerdos de su juventud cubiertos de polvo a lo largo de los años.

Hasta nosotros tuvimos esa edad una vez. Un joven de pelo largo y una chica que parecía ser su pareja pasaron junto a él en dirección a la salida. Ozu los miró y pensó en sí mismo a esa edad.

¿Qué había pasado después de aquel incidente?

Después… sí. ¿No había ido a casa de Fletán?

Se bajó del tren en Nishinomiya Ni-chōme y atravesó el solar repleto de malas hierbas, y entonces entró en casa de Fletán por primera vez. Era la última de cuatro edificaciones idénticas. Recordó que cuando abrió la puerta de cristal de la entrada, el olor del baño flotó hacia él.

La habitación de Fletán, de cuatro esteras y media, estaba en lo alto de una oscura escalera. Había una fila de botellas llenas de tierra en su escritorio.

—Tienen hormigas dentro. —Fletán señaló con cuidado las botellas, como si fueran objetos de gran valor. Había enjambres de hormigas moviéndose afanosamente a través de la tierra de las botellas.

—Están haciendo nidos, ¿lo ves?

—¡Eh, esta habitación apesta!

—Eso es lo que dijo mi hermana. Se enfadó mucho. Tengo un ratón escondido.

Oyeron a una mujer, al parecer la hermana de Fletán, tosiendo en la planta de abajo.

Fletán cogió furtivamente una caja de cartón del cajón de su escritorio. El ratón tenía los ojos rojos y se escondía entre las hojas de col mordisqueadas.

—Se llama Príncipe Kari.

—¿Príncipe Kari no es el ratón que tiene Dankichi en los tebeos de acción?

—El mismo. Lo compré en el Santuario Ebisu.

—Tu olor corporal viene de toda clase de cosas mezcladas, ¿verdad?

La hermana de Fletán los llamó desde el pie de la escalera.

—Venid a tomar un té.

—No queremos té. Vamos a ir a Ebisu ahora, así que déjame dinero.

—¡Idiota! ¡Deja de hablar así! —replicó su hermana, furiosa.

—Siempre está igual. —Fletán se encogió de hombros—. Histérica.

Los recuerdos de Ozu en lo relativo a lo que ocurrió en el Santuario Ebisu eran más difusos. Los chicos dejaron las bicicletas en un aparcamiento demasiado largo y oyeron los gritos de los vendedores ambulantes que ofrecían falsificaciones de linimentos. En uno de los lados, había dos o tres puestos en los que se vendían guisos y salchichas. El viento los abanicaba.

—Me gustaría saber cómo se llama esa chica de Kōnan —murmuró Fletán, dejando caer al suelo furtivamente otro palito de salchicha—. Me pregunto si podría volver a verla.

Ozu se sintió un poco celoso.

—¿Qué harías si pudieras?

El viejo del puesto de las salchichas, que había mantenido la cabeza baja mientras echaba harina en la carne, levantó la vista y chasqueó la lengua.

—Puedo hacer la vista gorda con uno o dos palitos, pero te has pasado. Ya van cinco…

Ozu aún se acordaba. A veces, después de aquel día, cuando viajaban en el tren apretujados de vuelta a casa y se acercaban al río Ashiya, la cara de pez de Fletán se convertía en el vivo retrato de la súplica y le suplicaba a Ozu:

—¡Oye! ¡Por favor, bájate conmigo!

—Mañana tenemos examen. Tengo que ir a casa.

—No tardaremos. Esperaremos sólo cinco trenes. O incluso tres. Si no se baja del tercer tren, me rindo.

—¿Qué piensas hacer si te la encuentras?

Ozu accedió a sus súplicas sintiendo una punzada de envidia y se bajó en Ashiya con su desaliñado amigo.

Había una arboleda de pinos alineados en la orilla del río Ashiya. Las mansiones majestuosas, en silencio incluso al mediodía, se extendían en la distancia a ambos lados del río. Las vallas de las mansiones producían sombras muy visibles en la carretera de granito blanco.

Aparentemente, Ozu acompañaba a su amigo con gran reticencia, pero en realidad él también estaba deseando volver a ver a las chicas. Quería verlas y que hicieran algo por él como lo habían hecho por Fletán.

Los dos estudiantes se ocultaron bajo la sombra de los pinos en la orilla del río, esperando en silencio a que el siguiente tren parara en la estación…

El desvencijado tren marrón. Parecía una señora mayor que llevara un niño a la espalda atado con correas, con un montón de paquetes. Resollando, subió la cuesta poco pronunciada y al fin llegó a la parada de la estación con un ligero traqueteo. Bajaron tres o cuatro pasajeros y cada uno se fue por su camino.

—En ese no —murmuró Fletán desconsolado, con los ojos empañados.

—¡Ya te lo dije! —Ozu se enfrentó a Fletán enfadado—. No tiene sentido esperar.

—Pero un día se bajaron aquí… así que sus casas deben de estar cerca. ¡Y si sus casas están cerca de aquí, tendrán que pasar por esta carretera!

A simple vista, la lógica de Fletán parecía irrefutable, de modo que dejaron de hablar y esperaron en vano a que llegara el segundo tren. Cuando vieron que las chicas tampoco aparecían en ese, el absurdo debate volvió a comenzar.

—Sus casas no están por aquí. Seguramente vinieron a hacer un recado cuando se bajaron aquí la otra vez.

—¿Un recado? —objetó Fletán apenado—. ¿Como qué?

—¿Cómo voy a saberlo? A lo mejor fueron a casa de una amiga o a estudiar flores o a clases de piano. Las chicas a esta edad van a clases de piano y arreglos florales, ya lo sabes.

—¿Piano…? —Fletán se sentó en la orilla del río y suspiró, como si la imagen de esas chicas tomando clases de piano simbolizara la felicidad.